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De pestes y entrevistas de trabajo

Estoy sin trabajo. Así es, yo soy una de esas 4.067.955 personas. Llevo ya una temporada parada aunque alguna que otra entrevista ha caído. Unas han funcionado, otras no. Bueno, en verdad, ninguna ha funcionado porque aquí estoy: 5 de la tarde de un miércoles en mi casa con la lavadora recién tendida y la ropa del armario ordenada por colores. Todo está impoluto. “No trabajes, porfi”, me dice mi mujer, “todo está tan limpito y tu estás tan cuqui”, añade. Claro que estoy cuqui, creo que mi malalechismo lo estoy canalizando en una especie de TOC edulcorado a base de ordenar pendientes, limpiar motitas de los tenedores, encender velas y doblar braguitas. El resto del cabreo lo descargo en este lugar, así que ya le diré a mi mujer que os dé las gracias por aguantarme, estáis ayudando al bienestar de nuestra relación.

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Os estoy muy agradecida.

En la vida hay cosas que, con un solo vistazo, ya sabes que apestan. Las ves venir. Son esas cosas/personas/situaciones que de entrada huelen mal. Tu Yo-avisa-pestes envía a tu Yo-real pequeños impulsos neuronales para que los pilles a tiempo y evitarte situaciones apestosas. Pero muchas veces ya es demasiado tarde y estás metido con la mierda hasta el cuello. Pongamos por ejemplo que vas a El Corte Inglés a comprar unas medias negras tupidas (venga va, que sé que os gustan). De entrada tu cerebro ya te ha mandado unos cuantos avisos cuando tus ojos han visto el enorme triángulo verde, pero tú ni te has dado cuenta. Tu Yo-avisa-pestes ya te ha dicho que algo huele mal porque todo el mundo sabe que sólo se va a El Corte Inglés para comprar un regalo a alguien o para ir de compras con tu madre. Llegas a la sección de las medias y las fajas. Vas al pasillo de las medias negras y no hay manera de encontrar una talla que no sea la triple X. Miras a tu al rededor con unas medias que te gustan en la mano en busca de una dependienta. Tu cerebro ya te ha bombardeado con mil avisos, pero tu sigues en tus trece con que quieres comparte unas medias tupidas en El Corte Inglés. Das varias vueltas por los pasillos buscando a una dependienta. Nada. Miras por encima de los mostradores. Nada. Y nadie. Esto está más desierto que la sección de música del FNAC. Giras en la esquina de los guantes y los gorros de poliéster y de pronto las ves. Ahí están. Todas las dependientas juntas, inclinadas, con los pechos desparramados en el mostrador, encima de la caja, encima de la grapadora. Están hablando, cuchicheando muy juntitas, rozándose los cabellos llenos de laca, como cuervos devorando un cadáver en medio de la sabana africana. En este preciso instante, mientras se balancean las medias negras en tu mano, tu las miras pero te sientes incómoda. Es como un accidente: sabes que no debes mirar pero lo haces. Te quedas tres segundos mirándolas, sin moverte. Y entonces tu cerebro te lanza una bomba hiperatómica en forma de mini-cabreo. Tu yugular bombea y tu ojo derecho tintinea por la presión de la sangre que empieza a acumularse en la cabeza. Ya está, ya lo sabes, esto va a acabar mal. Esto apesta. Pero ahí sigues, andando a paso firme hacia las carroñeras. Una de ellas te mira, te aguanta la mirada dos segundos, ni se incorpora y vuelve a sus compañeras, luego te vuelve a mirar, vuelve a sus compañeras. Tú. Compañeras… Tú… Compañeras. Y finalmente tu. Lo ha pillado.

Hola, señora, ¿tiene mi talla?

Se acerca la que debe llevar poco tiempo como dependienta, unos 173 años. Le dices, con amabilidad tensa, que quieres estas medias en una talla más pequeña. Ella se coloca las microgafas que cuelgan de la cadena verdosa encima de la punta de la nariz. Mira el código de barras, lo escanea con sus ojos de rayos X, y te mira por encima de las microlentes para decirte que no hay tu talla. Tu cerebro explota y dejas las paredes de El Corte Inglés con pedazos de tu hipotálamo y hueso craneoencefálico. “Te lo dije, esto apestaba”, dice tu Yo-avisa-pestes. Te vas de allí con un cabreo de la hostia y sin medias.

Las cosas/personas/situaciones apestosas pueden venir disfrazadas. Esas son las peores. Son las que te han engatusado para bajarte las bragas hasta los tobillos y, tras descubrirse, metértela a pelo, desflorando tu inocencia y corrompiendo toda imagen que tenías de que el mundo es un lugar bello donde todo funciona correctamente. Mentira.

Hace poco fui a una entrevista de trabajo. Una de las, supuestamente, serias. Una consultoría especializada en perfiles digitales buscaba a una creadora de contenido que les llevase las redes sociales. Es la primera vez que me llaman de una oferta aplicada por una web de trabajo. Así que tenía 24 horas para prepararme. ¿Prepararme el qué? Por si acaso voy a mi perfil de LinkedIn, una página preciosa que la miro y la miro cada día y a la que le enciendo velas, a ver si pasa algo. Repaso mis últimos trabajos. Por Dios, como si no supiese ya qué he hecho estos últimos 5 años… Me plancho una camisa blanca. El pantalón negro. Las bragas. El sujetador. El pelo. Lo dejo todo liso y en su sitio. Duermo repasando mentalmente la oferta de trabajo: creadora de contenido, empresa digital. “Son una consultoría, son serios”, me digo a mí misma. Al día siguiente me lavo hasta detrás de las orejas. Y a las 15:58 hora zulú central me presento. Apretón de manos, sonrisa. La entrevistadora es una chica mayor que yo con una sombra de ojos que me hace sospechar. Sí, yo me fijo en estas cosas. Es de color turquesa intenso. Pero no es sombra, es lápiz. Ha cogido directamente el lápiz de color turquesa y se lo ha restregado por el párpado y se ha formado un pegote. Sospecha. Primer impulso electroneuronal de mi Yo-avisa-pestes. Mientras me vuelve a explicar la oferta observo su maquillaje en general, su pelo, la chaqueta. Hay algo que no va bien. Labios pintados a pegotes, comisuras resquebrajadas, pelo grasiento, mechones descolocados, coleta caída, mangas extremadamente largas. No para de mirar a su móvil, apagado sobre la mesa. Algo no funciona.

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¿Qué es ese sonido? ¿Qué está pasando?

Mi Yo-avisa-pestes me envía tímidas señales de alerta. Yo sigo ahí. Me pregunta sobre mi experiencia laboral y mi Yo-avisa-pestes me pega un tirón en la pierna. Empiezo mi monólogo laboral, un discurso moldeado a medida que han ido pasando los años y las entrevistas, pero que siempre acaba siendo el mismo: he trabajado, tengo experiencia, molo mucho, contrátame. Hablamos sobre mi perfil digital, una salida profesional que he tenido que aceptar, porque el periodismo está muerto y yo no quiero morir, todavía. Y, de pronto, cuando ya me he desabrochado la camisa y me estoy bajando las bragas, la entrevistadora me dice: “Tres puntos fuertes y tres puntos débiles”. Sus ojos pestañean dos veces y el turquesa me destella dándome dos puñetazos en las cavidades oculares. Mi Yo-avisa-pestes acaba de lanzar una bengala al aire y está emitiendo el mensaje internacional de SOS en morse mental. Esto apesta, y mucho. Si sois entrevistadores y habéis hecho esta pregunta tenéis que saber que sois unos apestosos.

Hola, soy tu entrevistadora apestosa y te acabo de hacer un fisting sin que te hayas dado cuenta.

Definirse en 6 adjetivos, buenos y malos, no es fácil. No es que sea fácil, es que es una auténtica chorrada. Somos una mezcla demasiado compleja como para limitarnos a tres puntos fuertes y tres puntos débiles. Mi psicóloga me dará la razón, lo se. Contestar a esta pregunta es lo mismo que hacer unos de esos apestosos test de Cosmopolitan: “¿Te pasas de amable?”, “¿Cuál es tu personalidad sexual?”, “¿Estás obsesionada contigo misma?” o, mi preferida, “¿Qué celebrity eres cuando sales de fiesta?”. Suma las As, las Bs y las Cs y el resultado es un párrafo apestoso que nada tiene que ver con esa Courtney Cox que te sale de dentro cuando te metes dos Jägermeisters seguidos en el Apolo, o esa mojigata que florece cuando te proponen sexo anal. Todo es mentira. Como esta situación apestosa.

Balbuceo que me gusta el trabajo en equipo. MENTIRA. Digo que soy muy analítica. MENTIRA. Y termino diciendo que siempre estoy proponiendo nuevas ideas para mejorar. Medio-MENTIRA. ¿Tres puntos débiles? Miro la pared que tengo delante, blanca. Blanquísima. Joder, esta pared es muy blanca. Suelto que soy demasiado detallista. Y en medio de mi cerebro me veo a mí misma señalándome con el dedo y soltando una carcajada estrepitosamente apestosa.

Hasta Rafa se ríe de mí.

“Eso no es malo”, me dice madame turquoise con una sonrisa. Y lo intento arreglar diciendo que me cuesta pedir ayuda y acabo haciendo mi trabajo por mi lado. Y mientras lo digo me vuelvo a ver a mí misma en medio de mi cerebro haciendo de caganer. A cuclillas y excretando una boñiga de Arale muy apestosa.

Pedirle a un entrevistado que exprese sus puntos fuerte y puntos débiles está demodé. Si quieres saber, realmente, cómo es una persona ponla en situación, haz un auténtico ejercicio psicológico para ver cómo el psicópata que tienes delante es capaz de desarrollarla. Sí, psicópata, porque preguntarle 3 puntos fuertes y 3 puntos débiles a cualquier persona hoy en día es como entrar en un chat de Terra y decir que tienes 10 años y teclear emoticonos sonrientes y hablar de que tienes unas entradas de Justin Bieber de sobras, cuando en verdad eres un hombre de 46 años, ex-monaguillo, que vives en un bajo que da a la parte trasera de una tienda de pinturas. Así es, todo muy apestoso.

Cosas que cuando las ves de lejos ya sabes que apestan.

A ti, buscador de trabajo, si tienes una entrevista dentro de poco prepárate estas preguntas. Es divertido mirarse a uno de verdad como trabajador y ver en qué eres fuerte y en qué eres débil. Prepárate la introducción, el nudo y el desenlace. Ponte delante del espejo y practica. Si quieres añádele unos toques de humor. Siempre funciona. Y suerte.

A ti, entrevistador apestoso, que vas a entrevistar a alguien en breve, ahórrate esta pregunta, rata-de-dos-patas. Porque las respuestas que vas a tener son más falsas y preparadas que el trasero de Kim Kardashian. Si quieres autenticidad, si, de verdad, quieres saber cómo es la persona que tienes delante, si lo que estás buscando es algo más que un simple trabajador que venga a calentar la silla y cumplir este horrible horario ibérico de 9 a 14h y de 16h a 19h, plantéale un reto, una situación. “Estás caminando tranquilamente por el campo y de pronto oyes a alguien que pide auxilio. Te acercas y hay un río con una corriente muy fuerte que os separa. ¿Qué haces y cómo lo haces?”. ¡BUM! La respuesta a esta situación te dirá muchísimo más que 6 adjetivos, buenos y malos.

Al final la oferta de trabajo no era lo que esperaba. Tras dos horas y media con el cliente final resulta que el tipo era un explotador en cubierta y me exigían desde la consultoría que para poder trabajar con ellos debía darme de alta de autónomos. Tócate un pié. Así que todo apestaba desde un buen principio, pero mi Yo-real estaba tan ilusionado con una entrevista “seria” que no le hice caso a mi Yo-avisa-pestes y ha pasado lo que ya me venía diciendo: te vas a pasar dos días sin ducharte sumida en una depresión de la hostia por culpa de una mierda de entrevista. Ok, vale, mensaje captado. Me voy a la ducha, que apesto.

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De pornografía y adolescentes.

Salir del armario tiene su intríngulis. Desde aquí animo a todos aquellos que se lo estén pensando a que salgan ya. Se está muy bien fuera, hay más sitio para estirar las piernas y es más fácil ordenar la ropa desde el otro lado que desde dentro. Ahora bien, si hablamos de salir del armario en cuanto a la televisión es otra cosa.

Y como hoy me siento algo pantojil vengo a confesar que veo pornografía. Porno del duro. De ese que no puedo evitar abrir la boca y los orificios nasales para que me metan hasta el duodeno todo lo que están viendo mis ojos . Lo reconozco: me gusta “Man v Food“, o como reza la horrible traducción, “Crónicas carnívoras” (de lunes a jueves en Energy de 20:35 a 21:35).

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Mi amiga Mari y yo nos creamos hace tiempo un hashtag ultrasecreto: #cancioneschorrasquenosdavergüenzareconocerquenosgustan (traducción para los analógicos: “Canciones chorras que nos da vergüenza reconocer que nos gustan”). Evidentemente no os voy a facilitar el título ni el autor de ninguna de ellas, sino os tendría que matar a hachazos con mi iPhone 6. De vez en cuando nos mandamos unos links de Youtube y lo acompañamos con el hashtag. Nos contestamos con unos: “YA TIAAAA ME ENCANTAAAAAA, ¡ME LO PONGO PARA EL GYM!” y ahí se queda. Es nuestro secreto, nuestra intimidad musical. Porque, a fin de cuentas, la música te la embutes en el tímpano y nadie más te la escucha.

Pero la tele es otra cosa. Es uno de los TOP 5 temas de conversación junto a cotilleos de famosos, cotilleos familiares, cotilleos de amigos y cotilleos laborales, por lo que también es una manera de conocer a tus amigos y saber qué cantidad de telebasura se tragan. Siempre hay alguno del grupo que suelta algo de que Aritz de Gran Hermano 16 es muy mono y, de pronto, otro/a se descubre poniendo ojitos y diciendo: “siiii, es más cuqui”. ¡Zasca, te pillé!

Tranqui, tranqui, te perdono porque yo veo porno, ¿y qué? Tu ves como unas chonis del calibre de la Pelopony se pelean entre ellas por una cita con Labrador (no, no es una raza de perro. Y sí, así es como se hace llamar), el pseudomacho alfa del plató que las tiene a todas locas pero que, como todos los guionistas del programa saben, se ha zumbado hasta el técnico de luces.

Y todo esto viene porque hará un año que le pusieron una multa a mi programa pornográfico preferido. Y lo denomino pornográfico porque según la Comisión Nacional de los Mercados y de la Competencia (a partir de ahora La Comisión) “Man v Food”  no se emite con la calificación por edad adecuada (apto para menores de 7 años) y, por ello, le han puesto una multa de 130.000 euros y puede que dejen de emitirlo. Seguí leyendo la noticia, pensando que el mundo se había vuelto más loco, y ¡sí, el mundo se ha vuelto absolutamente majara! Dice La Comisión que el cartel de “no apto para menores de 7 años” no es suficiente “pese a su contenido”. Os lo vuelvo a repetir por si no lo habéis leído bien o estáis leyendo en diagonal y no os empanáis de lo que acabo de escribir: “no apto para menores de 7 años” no es una clasificación suficiente “pese a su contenido”. Y, si me permitís sacar mi lado periodísticosabeloto, aquí tenéis las justificaciones literales de La Comisión: “en escenas, en las que a veces aparecen menores, se produce la presentación del consumo de comida de tal manera que puede ser perjudicial para la salud, por ser susceptible de crear conductas imitativas o por incitar a pautas de comportamiento no adecuadas para adolescentes. Y ello tanto por la forma y estética de la presentación, como por la cantidad de comida con un alto nivel de calorías que se ingiere en cada programa”. Ojo: “escenas en las que a veces aparecen menores”. Estoy rozando la pornografía infantil. Ay de mí.

Yo todavía era muy pequeña, pero recuerdo perfectamente al Monstruo de las Galletas. Ese ser peludo y azul no sólo devoraba sus galletas, sino que se volvía loco cuando alguien las mencionaba. El Monstruo de las Galletas estaría prohibido en el 2015. La gula es un pecado. Siglo XXI y la gula es un puto pecado. Yo veo pornografía alimentaria. O alimenticia. Tengo unos pocos más de 7 años y cuando veo este programa me entran unas ganas tremendas de desencajarme la mandíbula e introducirme hamburguesas de 7 pisos, bocadillos con 9 capas diferentes de carnes bañadas en salsa con grasa, mucha grasa, y tropezones de chocolate rellenos de fritangas rebozadas con pan de pizza de 40 centímetros de diámetro, servidas en copas de metal que pesan 20 kilos y con una bandeja con french fries hasta arriba aderezadas con ketchup, mostaza, chimichurri, queso deshecho, salsa barbacoa, pesto y chantilly de nata montada. Es oír esa campanilla tan característica y me humedezco toda.

Ahora mismo estoy teniendo un orgasmo.

Si tenéis hermanos, hermanos de amigos, sobrinos, o cualquier otra persona adolescente a vuestro alrededor, preguntadle si ven “Crónicas carnívoras“. No os molestéis en sacar el Whatsapp, ya os facilito yo la respuesta: NO. Ahora preguntadle a esos chavales y chavalas con granos y aparatos si ven “Mujeres Hombres y Viceversa” o “Gran Hermano“. Respuesta: SÍ.

No estoy diciendo que estos programas sean perjudiciales para los adolescentes. Nooo que va, estos programas no “son susceptibles de crear conductas imitativas o por incitar a pautas de comportamiento no adecuadas para adolescentes” ¡O a todos nos sancionan o la puta al río! ¡Lo que estoy diciendo es que me dejéis ver en paz mi pornografía, joder! Porque vosotros, sí, tú, que estás enganchado a las frases que suelta Amanda de GH16, y al pedazo de culebrón que se ha montado con Tracy y Perla, no tienes nada que temer. Tu vicio está a salvo. Porque estás aceptado socialmente, porque las pestañas postizas, las extensiones, las tetas, los gritos, los “tetes” y levantar la mano a alguien en pleno primer time es algo apto para menos de 7 años. Pero meterse unas alitas de pollo con salsa del diablo y llorar al mismo tiempo que su presentador, sentir el dolor agrio y potente al fondo del paladar, poner los ojos en blanco y arrancar de cuajo el apoyabrazos del sofá no está bien visto. No, no está bien visto. Porque si vosotros tenéis vuestra pornografía en varios canales a diferentes horarios, yo sólo me puedo contentar con un canal y un sólo horario. Y encima está en peligro de extinción por culpa de lo que puedan entender los adolescentes.

Swaggers y canis chupando wifi. Ellos son los culpables. 

La Comisión se preocupa mucho por los adolescentes, por su salud, por las imágenes que la televisión muestra, qué futuro tenemos para la sociedad, estos programas no son las adecuados y un largo y somnoliento bla bla bla bla. Da igual qué les demos a los adolescentes, ¡por favor!, pero si ya los tenemos perdidos para siempre. Estos géisers de hormonas ya no son capaces ni de controlarse cuando el examinador de Tráfico les dice que han suspendido el práctico de coche (sí, esto es real y está pasando aquí mismo). ¿Cómo va a afectarles que califiquéis mi pornografía para mayores de 18 años? A estos volcanes de sebo se las trae muy floja, ellos prefieren ir al segundo piso de La Maquinista para chupar wifi gratis y conseguir “me gusta” subiendo a Instagram sus peleas. Como decía Eduard Punset: “las neuronas están fritas”.

Desde aquí hago un llamamiento a todos los consumidores de pornografía. Sí, a ti también pajillero, porque aunque Gran Hermano sea apto para menores de 7 años, lo tuyo también tiene tela. Es basura, y lo sabes. Tú también consumes pornografía televisiva y puede que tus dosis peligren en algún momento (muy muy lejano, pero peligrarán). Unámonos. Porque la unión hace la fuerza y porque estos malditos adolescentes sin solución nos están quitando nuestros placeres de adulto.

Telebasuraylosabes

Vamos a hacer una cosa, hagamos que esta unión sea totalmente anónima. Seamos los Anonymous de la pornografía televisiva. ¿Porqué anónima? Porque no todo el mundo ha salido del armario, televisivamente hablando. Me da igual que no reconozcas que ves Supervivientes. Me la trae al pairo, allá tú, más cosas que te pierdes por no compartir con otros dementes porqué se desmayó Chabelita en la playa. Lo que me importa es que te unas. No te obligo a que salgas del armario, pero por favor hagamos algo todos juntos para proteger lo que es nuestro, todo aquello que nos ha pertenecido durante estos años: nuestra pornografía televisiva para adultos.

Únete.

Me pregunto si se podrá hacer una acción anónima en Change.org contra los adolescentes de este país…

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De ostras y medias tupidas

Y de pronto, como quien no quiere la cosa, The Guardian publica un articulo titulado así: “When is it socially acceptable to wear black tights?“. Es decir: ¿Cuándo es socialmente aceptable ponerse medias negras?

(No me patrocina Filodoro)

Jess Cartner-Morley, su autora, empieza respondiendo a la pregunta: “sólo en aquellos meses en los que haya una R”.

Y como aficionada gastronómica que soy, esta respuesta me recuerda a las ostras. Sí, esos moluscos bivalvos tan suculentos y (supuestamente) afrodisíacos que sorbemos haciendo ruido, porque así es como se come mejor una ostra, haciendo ruido. No te tomes una ostra en agosto. Vamos, yo no te lo recomiendo porque una vez mi hermana se comió 23 y acabó implorando por su vida en el lujoso baño del Royal Monceau de París.

Pues lo mismo con las medias. Ni se te ocurra ponerte unas medias tupidas del Tezenis en Julio o sufrirás lo que comúnmente se conoce como “el-corte-de-digestión-de-las-medias”. Y no, no es cuando la goma de las medias te aprieta tan fuerte por encima del ombligo que la primera copa de la noche se queda allí atascada. No, no, esto es más grave, es cuando, por arte de magia, te embutes en esas medias y sales a la calle. Y el caloret faller se te mete por los piés, te sube por los gemelos, las rodillas, el interior de las pantorrillas, el chichi, el ombligo y acaba explotando en forma de un Alien con cara de Anna Wintour justo en el centro de tu cerebro.

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“Pero qué frío hace, tía. No siento las piernas. Noto pinchazos en los muslos. Y está nevando. ¡Qué fuerte tía!”

E aquí la estupidez humana. Y así es como empieza “De lo humano y lo divino“, un blog más sobre lo que nos preocupa en el primer mundo y lo que nos debería preocupar del cuarto mundo. Así que sigamos con las (es)tupidas medias negras, porque este tema me provoca acidez matutina.

Cartner-Morley, la autora del articulo que nos atañe, explica algo así como una fórmula matemática, un Bosón de Higgs de las medias negras, donde el uso de esta prenda es inversamente proporcional al nivel de famosismo que poseas. Es decir, cuanto más famosa seas, menos probabilidad tienes de llevar medias. La cosa tiene su sentido: las famosas llegan en su coche/taxi con la calefacción puesta, bajan, posan 67 segundos ante los fotógrafos que tienen el moquillo colgando, se les congela tanto la sonrisa que ni sonríen, dan unos saltitos a lo Bambi en sus tacones hasta la puerta, y respiran aliviadas al entrar en el recinto. Aquí la fórmula cumple cierta lógica. Pero ¿qué pasa con esas chiquillas que no tienen invitación preferente, que llevan dos horas haciendo cola y que morirían gangrenadas sólo por hacerse un selfie con el logo de DIOR o VERSACE o BALMAIN a sus espaldas? Pues pasa lo que todos nos imaginamos: que ese frío les sube por los piés, recorre sus gemelos, sus rodillas, el chichi y se instaura en su cerebro. Y allí se queda. Para siempre jamás. Porque cuando una de esas “fashionistas” se queda horas al aire libre en temperaturas bajo cero sin medias ya sabemos que no hay solución. Ya no hay vuelta atrás. Ya sabemos que la estupidez humana existe y que nos rodea y que es más fuerte de lo que nos podemos imaginar. Que está en todas partes y se disfraza de muchas maneras. Porque hasta la persona más cuerda que podamos conocer, o la más cultureta, puede sucumbir a la (es)tupidez humana. Le puede pasar a cualquiera, hasta a ti. Sí, a ti te ha pasado. Piénsalo: alguna vez has hecho algo que, durante pero sobretodo después, has sentido esa sensación de vacío personal y te hayas planteado la reveladora pregunta de: “¿pero qué cojones estás haciendo?” Así, en segunda persona del singular, no en primera persona: es tu Yo no-estúpido el que le pregunta a tu Yo estúpido.

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Este es un proceso natural de resolver la estupidez humana: hago una gilipollez – estoy en ella – sigo en ella – me jode estar en ella pero sigo haciéndolo – de pronto se abre el cielo y hago un viaje astral y me veo desde arriba y me doy cuenta de lo gilipollas que soy – me planteo la pregunta – vuelvo a mi cuerpo y salgo de la situación en la que estoy o, al menos, la reconozco en público. Lo dramático, lo alarmante, son esas jóvenes, y no tan jóvenes, que siguen allí depié con sus carnes congeladas. Y siguen, y siguen, y siguen. Y no hacen ese viaje astral y no se plantean la pregunta.

Porque La Pregunta nos puede salvar, pero hacerse esa reflexión requiere de cierta ironía con uno mismo, necesitamos tomarnos más con humor y menos en serio.

Hace mucho tiempo leí, no sé dónde, que “la moda no hay que tomársela en serio“. Lo digo y lo volveré a decir, porque la moda, esta moda, la de ahora, nos está volviendo estúpidos y completamente lelos. Y sí, me incluyo, porque vivo en el planeta Tierra y, por desgracia, todavía no he podido empadronarme en Marte.

Los que mueven las cuerdas de la moda, al menos de la norteamericana, esos diseñadores, periodistas, “gurús”, famosos y farándula brilli-brilli, se reúnen en un búnker bajo la 5th Avenue los martes por la noche. Se toman unos güiskazos y, a patadas limpias como hacía Chaplin con el globo, urdan su plan para instaurar normas como desterrar las medias tupidas de nuestros armarios y cajones. Normas ultrasecretas dictadas por un pseudo Club Bilderberg capitaneado por una Wintour cabreadísima, un Leon Talley muy “malfollao”, un Jacobs con almorranas, una Menkes en plena operación bikini y un Lagerfeld flatulento.

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¿Hemos perdido el oremos? Sí. Coge un libro de historia de la moda, o tecléalo en Google. Los estilos van y vienen. Dependiendo de la bonanza vienen las largas o las minifaldas. ¿Crisis? Volvamos a los 50, mostremos opulencia, y vistamos nuestros labios de rojo. Pero ya han pasado unos años de la crisis mundial y parece que algo se enquista en el alma, como cuando un amigo se va. Ya nada nos satisface, ya nada nos puede recordar lo mucho que hemos sido, así que todo está permitido. Es la época de la no-moda. “¡Vuelven los aires folk!”. “¡Vuelven los 90s!”. “¡Vuelven los flecos!”. “¡Vuelve el color mostaza!”. “¡Vuelve la triquinosis colectiva!”.

Embolia psicotrópico-fashionista.

Ya no sabemos a qué atenernos, ya no sabemos a qué agarrarnos, hemos perdido la guía, el patrón. Pero aquí está el escuadrón de la muerte fashonista para dictar reglas sin medidas. Y sin medias. Y algunos se las tragan hasta que les dan arcadas, pero aún así siguen tragando, utilizando el estómago. Utiliza la cabeza. Pregúntate: “¿pero qué cojones estás haciendo?” . En segunda persona del singular, recuerda.

Es lógico pensar que no es recomendable comer ostras en los meses que no llevan R, porque las altas temperatura afectan a las bacterias, y las bacterias pueden convertir una ostra en algo muy chungo. Es lógico pensar que no nos pondremos medias tupidas en Agosto, si vivimos cerca del ecuador. E incluso tiene su lógica si: eres una famosa de tres al cuarto y Chanel te presta un traje con una raja como la de Angelina Jolie, has estado haciendo sentadillas cósmicas los últimos tres meses y coincide que la semana de la moda de Nueva York es en uno de los Octubres más gélidos, pero aún así tú decides ir sin medias porque tienes un chófer que te viene a buscar a la puta puerta de tu casa y te deja a la puta puerta del desfile. Lo que no tiene lógica es que, por norma, se plantee en un medio como The Guardian la pregunta de “¿Cuándo está socialmente aceptado ponerse medias negras?”  Y aquí es cuando mi mente explota.

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Creo que voy a tomarme unas ostras y a lavar mis medias tupidas, mañana va a hacer 16 grados en Barcelona y me apetece ponérmelas.

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