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De minions y unicornios

En el mundo hay dos tipos de personas (sic, mi-amiga-Andrea): los mininos y los unicornios.

unicorniominionEmpecemos por el principio. Por un lado están los borregos, ese grupo de personas que siguen en masa a un líder. Son personas que no se preguntan cuánto tiempo queda de trayecto ni a dónde va todo el mundo.

Y por el otro lado están los que se piden de postre cualquier cosa que no tenga chocolate, aquellos que odiaban el uniforme del colegio (ya sea de diario o el chándal, o cualquier otra prenda que viniese impuesta por el director).

He bautizado a los borregos como los minions. Esas entrañables criaturitas que hacen adorables sonidos guturales y que son de color amarillo. Y los otros, los que nadan a contracorriente, los he denominado unicornios. Animales celestiales de la mitología de los que nunca se ha podido afirmar ni negar su existencia. Lo más maravilloso de esta dicotomía, de esta sociedad binaria, es que conviven en supuesta armonía en los mismos espacios cosmopolitas. Hasta ahora.

Se dice eso de “haz el amor y no la guerra”, y que el amor es el motor del mundo. Y una mierda. Mentira todo. Lo que mueve el mundo y une a las personas de tan variada condición es la chaqueta de polipiel amarilla de Zara.

Ella es el verdadero y genuino elemento unificador de chonis, swaggers, pijas, hipsters, indies, lolitas, popys, trendies, divas y raperas.

La chaqueta amarilla ha conseguido lo que anhelan todos los partidos políticos de nuestro deplorable país: aunar a toda una población en felicidad y armonía, en borreguismo recalcitrante y totalmente ciego.

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Nótese en estas imágenes que tres de cuatro minions no sólo llevan la puta cazadora amarilla sino que también llevan vaqueros y camiseta clara. Súmum del borreguismo.

Hace un mes que vi mi primer minion por Barcelona. Me llamó la atención, claro. No sólo porque era muy bajita, sino que destacaba su chaqueta de polipiel amarilla y su Michael Kors colgando del codo (otro elemento tremendamente perturbador y muy significativo del borreguismo fashonil). El impacto visual fue inmediato lo que hizo que se me cerrasen los ojos rápidamente, como si se me hubiese metido un polen volador. Pero no, fue la reacción casi instintiva de mi cuerpo en querer hacer un CTRL + Z en mi cerebro. Pero ahí tengo la imagen perenne en mi córtex. Viviré con ella siempre.

lisa kudrow phoebe buffay phoebe my eyes scarred

Doloroso y traumático a la vez.

A los pocos días, con la guardia bajada, me encontré con otro minion cruzando Plaza Universitat. Bajita, como la otra, con una bolsa de gimnasio enorme al hombro, y unas gafas de sol polarizadas. Dios, demasiados destellos para una sola persona. La plaza se quedó en silencio, los skaters dejaron de saltar y los taxistas salieron de sus coches. Pero el minion ni se dio cuenta porque llevaba la música a tope en sus orejas.

Después de esa semana las visiones de minions con la chaqueta de polipiel amarilla de Zara sucedieron de manera reiterada, constante, insistente. Era una pesadilla. Y de pronto sale en los medios el fenómeno de la chaqueta. Hasta Miranda Makaroff le dedica un (¿gracioso? ¿irónico?) vídeo. En ese instante solté una bocanada muy grande de aire y relajé mi cuerpo, que llevaba un mes en tensión. Pensé, ilusa, que al salir en los medios la gente dejaría de comprársela.

Pero no. Qué va. La plaga sigue. Los minions se están multiplicando. Aún anunciando que esa chaqueta la llevaba todo el mundo, el resto del mundo que no la llevaba corrió al Zara más próximo para hacerse con una de ellas. A las pocas horas se agotó en la web y ahí es cuando yo dejé de creer en el ser humano como Homo Sapiens Sapiens. Homo Minion Subnormalis.

Pobre humanidad…

Hace unos días paseaba por el centro y mi mirada se fue hasta el fondo de calle Tallers. ¿Qué coño es eso? Era una chaqueta amarilla dorada, ligeramente descolorida, algo gastada… Y lo vi. Pasó a mi lado en silencio, mirando al infinito, con una expresión de tranquilidad en el rostro, con una posición corporal sólo digna de un animal mitológico. Así es, vi a un precioso unicornio llevando una chaqueta amarilla vintage. Le faltaba un botón y eso la hacía aún más especial, más ÚNICA. Y ahí volví a creer en el ser humano, en algunos humanos, en aquellos que saben que los cambios vienen cuando te arriesgas. Volví a creer en esas personas que saben que el mundo está muy jodido pero que van a disfrutar de su presencia en él hasta el último día.

I want to believe.

Este blog no se responsabiliza de la posible ofensa que puedan ocasionar sus palabras a las y los portadores de la chaqueta de polipel amarilla de Zara. Tú y todos sabemos que no das para más. Ahora te toca a ti elegir ¿quieres seguir siendo un minion o prefieres convertirte en un unicornio?

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De Pantone y lotes de Navidad

En algún momento iba a pasar. Y el día ha sido hoy. Bueno, hace unos días. Pantone, esa empresa megaguay que lo flipa en colores, ha anunciado El Color del 2016. Aunque no ha sido uno. Por primera vez en la historia, Pantone ha anunciado Dos Colores para el año que viene. Y los ganadores son… ¡Rosa Cuarzo y Azul Serenidad!

¡Felicidades! Aquí tenéis vuestro merecido premio: todo un año reinando en los abrigos, camisetas, bragas, calcetines, fundas de almohada, esmalte de uñas y lo que os dé la real gana. ¡Un aplauso a la espléndida pareja!

-¡TONGO! – No cari, TANGA.

Como se que algunos de los que me leen viven en Marte, os aclararé que Pantone es la empresa creadora del Pantone Matching System, un sistema de identificación, comparación y comunicación del color para las artes gráfica. Es decir, los capos capísimos del mundo colorido. Y como tratan con tantos colores, desde hace unos años van anunciando El Color que marcará la tendencia en nuestras ropas, hogares y todo lo que podamos colorear. Hace tiempo vi un documental chulísimo en La 2 donde se iban a Copenhaguen a pasar unos días en la sede de Pantone. Fue esa mezcla de diseño nórdico, aroma a canela y todos esos colores lo que me dejó fascinada: unas personas miran y remiran todas las imágenes de las principales revistas del mundo. Hacen recortes, pachworks, collages. Lo cuelgan en las paredes, las ventanas, las escaleras, el retrete… y ¡boom! Ya tienen el color que se llevará el año que viene. El proceso les lleva entre cinco y tres meses. Reuniones y reuniones, Skypes y horas hasta las tantas para al final decidirse por un solo color. Cuando yo no soy ni capaz de decidirme entre palomitas de colores y palomitas blancas y al final acabo pidiendo que me hagan un megamix.

 

popcorn movie nothing

La película duraba 3 horas ¿vale?

El año pasado Pantone anunció en su palco real que el color del 2015 iba a ser el Marsala. O lo que es lo mismo: el color granate-tirando-a-tierra o color vino. A los dos días me estaba comprando un gorro de color Marsala. Y de pronto me vi en mi casa con los labios Marsala, las uñas Marsala y un tanga Marsala del Mercat del Ninot. Allá donde posaba mi mirada veía Marsala: en las paredes de una tienda, en los vasos de papel del Starbucks, en las servilletas de un kebab, en el pelo de la cajera del Lydl, en todos las velas del Ikea… Sólo en un lugar no pude encontrar papel para envolver de color Marsala, y fue en el chino de al lado de mi casa. No tenían nada de ese color, absolutamente nada. Todo era negro, alabado negro, gris, marrón, lila-feo, verde-caca y rojo-cresta-de-pollo. Ni rastro del Marsala. Será que en China ya están hartos de tonalidades rojas o será que se las trae al pairo lo que diga Pantone o el Papa. Más bien creo que lo segundo.

En cuestión de meses veía Marsala por todas partes y el color empezaba a empalagarme. Sigo guardando el gorro, y lo amo con todas mis fuerzas, pero ya no es lo mismo. En la alfombra de los Oscar, en la posterior fiesta de Vanity Fair, en los Goyaecharle un ojo a las imágenes de estos vestidos en la prensa era como comprar en Asos con el filtro de “vestidos de noche” y “color rojo” activados. Todas iban igual. ¿Y este año qué? Con dos colores a las famosas les va a entrar una dicotomía bicolor muy fuerte que puede que se desarrolle en un brote psicótico. Me temo lo peor en las alfombras rojas…

Pantone's colors of the year are pink and blue.

Las famosas escogiendo vestido para los Oscar 2016

El Marsala es un color un poco dark, por eso lo abracé con todas mis fuerzas y lo disfruté mientras pude. Es un color que ha encajado bien dentro del día a día de nuestra sociedad. No desentona y aporta sofisticación. Pero el año está acabando, es Navidad, se acerca el 2016 y aquí llega Pantone con nuevo anuncio. Agárrense a la silla, porque este año veremos rosa palo y azul bebé por todas partes. Madre mía… estoy temblando, de verdad. Me cuesta creer que lo vayamos a conseguir, me cuesta creer que nos vayamos a vestir con estos colores. Yo no puedo, es que no puedo. Que alguien me inyecte una dosis doble de insulina, porque no lo voy a soportar, no aguantaré hasta final de año sin haberme antes arrancado los ojos o exiliado a la montaña. Y más aún después leer las declaraciones que ha hecho Pantone sobre sus colores. Mira, de verdad, es que me están dando arcadas:

“El rosa cuarzo es persuasivo, pero suave. Expresa compasión y un sentido de la compostura. Es el color de un atardecer sereno, unas mejillas sonrosadas o una flor emergente”.

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Primperan, necesito un Primperan ¡YA!

“El azul serenidad es grácil y etéreo como la bóveda celestial, y proporciona una sensación de calma y relajación incluso en tiempos turbulentos. La mezcla de ambos da idea de conexión y bienestar así como sentido de orden y paz”. Acabo de vomitar encima de mi gata.

Yo lo que quiero saber es qué tipo de café hay en las instalaciones centrales de Pantone. Estoy segura, pero segura de verdad, que sus lotes de Navidad mola muchísimo más que los nuestros. Mira, para empezar les pondrán velas, porque a los nórdicos les gustan las velas, y las velas son lo mejor que le puede ocurrir a tu casa. Si no te la dejas encendida y la incendias. Ojo.

Esta cesta es una auténtica mierda.

Seguro que también les darán lubricantes, preservativos y dildos, porque son muy open minded con la sexualidad. Luego les darán unas bolsitas de té de marihuana índica, para que se relajen al llegar a casa y asimilen todo un largo y duro día en Pantone. Y unos porros de tamaño L bien liados de marihuana sativa, para activarse los domingos por la mañana. También una cajita muy mona de hojalata con 366 pastillas de LSD, porque el 2016 es bisiesto, señoras y señores. Además un collar unisex con una piedra preciosa gris, una roca de MDMA que se deberá chupar en momentos de crisis o cuando el jefe se haya ido de viaje y se necesite un empuje psicotrópico. El lote también incluye 200 gramos de hongos psilocibios, envasados al vacío, porque unas setas alucinógenas siempre quedan bien cuando tienes invitados. Un Panettone, no… no es un guiño del copy de la empresa. Un Panettone de esos enormes que parecen más bien un sombrero de soldado del siglo XIX, donde la bolsa extra de azúcar glass es cocaína extrafina de Colombia. Y una preciosa maceta con dos hermosas adormideras para que ellos mismos vayan tratándolas para sacar su propio opio y fomentar la interacción entre trabajadores.

– Jorgen, tío, qué buenas son estas pastis.

Y mientras ellos se los pasan mejor que Pocholo en el Sónar, nosotros seguimos con nuestros turrones y polvorones secos del Makro, y los vinos blancos pasados del Eroski, y los patés de un, supuestamente, cerdo con ceps. O ni eso. Da igual. Porque aquí lo que importa es que una vez más somos el hazmerreír de los nórdicos, esos seres superiores y la siguiente evolución del Homo Sapiens Sapiens. Porque mientras ellos tienen las pupilas dilatadas y hacen castañuelas con la mandíbula, nosotros vamos a tener que tragarnos una invasión masiva de chonis disfrazadas de Barbie con permiso para llevar chándales rosas, pijas con abrigos de pelo largo azul pastel que se creen macarrons de Ladurée y un catálogo de Ikea en el que ha vomitado, con violencia, Candy CandyJohn Snow va a cambiar su capa por una de color azul serenidad y mutará en un adorable y achuchable Oso Amoroso.

Esto es un disfraz de John Snow del Party Fiesta.

Y a las mujeres-centuaro, las portadoras de pantalones campana, les saldrán alas en la parte alta del culo y un enorme y reluciente cuerno en medio de la cabeza y, de pronto, se convertirán en mágicos Little Ponys. Y cuando estés en la cola del Consum y venga cabalgando una Pony y te pida si la puedes dejar pasar porque “sólo llevo alfalfa”, tendrás que dejarla pasar porque son mágicos y llevan los colores de moda.

Pantone se cree que ha hecho un favor a la humanidad. Esto empezó un jueves de “unas cañas y a casa”, luego pasó a un re-after en casa de Hans el lunes a las 11 de la mañana, y de allí, a la reunión de “El Color del 2016” del martes. Y así nos va. Estamos pagando las consecuencias de un grupo de hipsters nórdicos con droga de la buena. Y yo tengo que decirles que o comparten lo que se han tomado para que podamos enfrentar el 2016 como ellos lo han ideado o tendrán que hacer un comunicado oficial, el primero de la historia de Pantone, retractándose de su elección y reconociendo que el Negro es el mejor color de todos los tiempos, pasados, presentes y futuros.

 

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De pantalones campana y la reforma de la Constitución

Me hace gracia todo esos artículos de egobloggers de moda y posts de Facebook que dicen: “¡VUELVE EL BOHO CHIC! ¡VUELVEN LOS CROP TOPS! ¡VUELVE EL SAFARI URBANO!”. Así escrito, en mayúsculas, con exclamaciones. Casi como un grito desesperado, expulsando perdigones de babita como los chiquillos que gritaban en los años 40 “¡EXTRA EXTRA!” con el diario en la mano porque se acababa de anunciar la Segunda Guerra Mundial. Te lo dejan bien claro para que lo tengas presente durante todo el día y así tu cortex prefrontal vaya trabajando en cómo incorporar los flecos y el marsala a tu absoluto y desgraciado demodé armario.

Señoras y señores, esto se llama “fast fashion” y hemos sido invadidos por él. Y no hay escapatoria. Es lo que nos toca ahora resultado de una sociedad de consumo que ha desembocado en una sociedad del “ahora”. Es como cuando viene tu jefe, si lo tenéis, y os dice: “Gertrudis, necesitamos, para ya, una presentación de PowerPoint de este cliente”. Y te mira como el enano gruñón. Y tu le preguntas inocentemente: “¿Para… cuándo?”. Y él dice muy rojo y lanzando humo por las orejas: “¡PARA AYER!. Ahí mismo. Justo ahí. Inmediatez contra calidad. Resultados, da igual cómo, frente a un trabajo bien hecho. Ese es el sentido de la moda mainstream de nuestro tiempo, una moda “para ayer” donde gana la rapidez, a veces la mediocridad y muchas veces el sinsentido. No vayas a Stradivarius a “sólo ver”. Porque lo que “veas” la semana que viene no estará. Y tu armario se habrá quedado out of service en un abrir y cerrar de ojos. Podéis ir a contracorriente y utilizar la cabeza: para qué me voy a comprar ese jersey con esos unicornios tan monos si tengo un jersey con unos ositos tan monos. Es un poco duro ir a contracorriente. Pero tremendamente gratificante para el bolsillo y el alma. Sí, me pongo trascendental.

Anyway, volviendo a las tendencias que vienen y van, porque todo va y viene, hay una que lleva un año haciendo un ruidito especial. Un repique muy familiar para todos: abuelos, padres y madres, y nosotros mismos, treintañeros de pro, generación Y, mileuristas o millenais, como cojones queráis. Así es, según varios blogs de moda, revistas de moda, Twitters de moda, Facebooks de moda, Instagrams de moda y grupos de Whatsapps de moda: ¡VUELVEN LOS PANTALONES CAMPANA!

scared screaming scream

¡NOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOO!

Los pantalones súper campana deberían estar prohibidos por ley. Debería constar en la próxima reforma Constitucional un apéndice que establezca que los pantalones campana y/o de pata de elefante “estarán prohibidos para uso público, relegando su uso al doméstico bajo la responsabilidad de su portador”. O algo así. ¿Porqué? Aquí tenéis mis 5 razones por las que los pantalones campana deberían estar prohibidos y reglados por el código penal.

1. ¿Eres marinero/a? ¿No? Pues qué estás haciendo.

El origen de los pantalones campana se remonta la cubierta de los barcos en plenos siglo XIX. Los marineros utilizaban esta prenda con tres propósitos muy prácticos: eran rápidos de quitar con las botas puestas, eran fáciles de arremangar y el aire dentro de la campana les salvaba de un ahogamiento si caían al agua.
A no ser que hayas tenido una diarrea histórica y te hayas cagado encima y tengas que cambiarte, rápidamente, de pantalones, entonces vale. Tienes excusa.

O, si eres una actriz porno, o actor porno, y tienes que hacer un primer plano urgente de tus partes bajas, entonces también vale. Pero ya está. No hay más excepciones en esta norma.

2. Eres una persona humana, no una persona-animal-mitológica.

Como humano tienes dos piernas. Una al lado de la otra, junticas. Al final tienes unos pies, unos los tienen más grandes y otros más pequeños, pero ahí están para darte una base. No necesitas más perímetro para ampliar tus cimientos. No quieras parecerte a un caballo percherón, ni al Fauno, ni a un centauro. Eres un humano, homo sapiens sapiens.

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Dos humanas queriendo ser percherones.

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A la izquierda una centaura de verdad de los cuatro pies a la cabeza. A la derecha las pezuñas de una persona humana .

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Persona humana queriendo ser el Fauno.

 

3. “¿Qué es ese sonido? ¿Quién está serrando algo?” “No, tranqui, es la nueva becaria que esta subiendo las escaleras con sus pantalones campana”.

Si vas a robar a una casa, de noche, no te pongas pantalones campana. Ni de noche ni de día. Si vas a la biblioteca, ni se te ocurra ponértelos. Si vas al hospital ¡ojo! te pueden llamar la atención porque es una zona libre de ruidos
Hace unas semanas, haciendo limpieza en casa de mis padres, encontré unos pantalones campana de la marca Samblancat. Eran lo más. Era a todo lo que podía aspirar como niña pija-de-bien. Poder entrar en unos Samblancat e ir al cole con ellos era como tocar el cielo. Gracias a mi madre, que lo guarda todo, pude volver a ponerme unos Samblancat. Pero no fue lo que recordaba. Asusté a mi perra que dormía plácidamente en su camita cuando desfilé por el pasillo. La imagen era de susto. La imagen y el sonido: una tipa de 1’86 con unos pantalones oscuros muy acampanados caminando con las piernas abiertas y haciendo “frrr… frrr… frrr… frrr… frrr… frrr… frrr… frrr… frrr… frrr…” a cada paso.

Asustan sólo de verlos en la percha.

Por tu propio bien ponte pantalones para ser vista, no oída.

Tú, tú. SÍ, TÚ. ¡SSSHHH!

 

4. ¿Hola? ¿Pies? ¿Dónde estáaaais?

Es muy difícil encontrar la medida exacta de unos pantalones campana: o son muy cortos y pareces un cómic de Popeye, o son muy largos y tus pies desaparecen y le echas una mano BCNeta. Si eres amante de los zapatos, o tienes unos cuantos y quieres lucirlos, olvídate de los pantalones campana, nadie te los verá. Está bien para disimular pies grandes, como los míos. Pero… ¡a la mierda! son los pies que tengo y me han llevado a muchos sitios. Sí, tengo un 43 y no, no los pienso esconder.
Una vez vi a una chica en plaza Universitat que llevaba unos pantalones campana a la que no se le veían los pies. De verdad pensé que se los habían amputado. Luego vi que el pantalón hacía una movimiento extraño en la zona de la espinilla y me dio la impresión de que llevaba los pies al revés: el talón delante y los dedos detrás. Esa noche tuve pesadillas.

Podría estar caminando hacía atrás.

5. Seguridad. Seguridad ante todo.

Y mi quinta razón por la que deberían estar prohibidos los pantalones campana por la Carta Magna del 2020 es por tu propia integridad física y la de los tuyos. En el Articulo 69 debería constar que “se prohibirá el uso de los pantalones campana si es portador de un infante de 0 a 10 años u objetos que, al caer al suelo y romperse, puedan dañar su persona o la de los que tiene a su alrededor”. O algo así. Porque si yo llevo a mi hermoso sobrino de 17 kilos en mis brazos y – Dios quiera que no… bueno… qué Dios ni que historias, yo no llevo pantalones campana – me tropiezo con mi propio pantalón, el niño me sale volando y yo me quedo tendida en el asfalto, como una gilipollas, y mi medio-hijo se disloca un brazo, yo quedo como una persona impresentable, un despojo, un peligro para lo sociedad con orden de búsqueda y captura.

Esta imagen debería estar prohibida en Internet por incitar y motivar a conductas peligrosas y de alto riesgo.

En la próxima comida familiar de domingo, o estas Navidades, ni se te ocurre salir de la cocina con la bandeja del pavo o la olla con galets y tus nuevos hiper-flare-jeans. No lo hagas o te convertirás en la estúpida de la familia, en esa historia tremendamente graciosa que pasa de generación en generación y que, cuanto tengas 84 años y estés medio sorda, recordarán como el momento de los “galets voladores y las quemaduras de tercer grado”. Y entonces te acordarás de mí.

Te lo dije.

 

APÉNDICE para la la Prohibición de Pantalones Campana en la Constitución: Peto-pantalón-campana.

A mediados de los 90, cuando volvieron los pantalones campana por primera vez después de los años 60-70, la reinvención trajo consigo ciertos cambios sustanciales: tejidos elásticos, diseños tribales, cuerdas, cremalleras, estampados… y una fusión, un mestizaje, una mutación llegada del espacio: el peto-pantalón-campana. Parece que esta deformidad genética del pantalón campana quiere volver ahora, en 2016.

Esto es el apocalipsis.

Por el bien de vuestro timeline de Facebook, no lo hagáis. De verdad. Hay vida más allá, hay solución para todo, y siempre hay luz al final del túnel.

 

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De Japón a Barcelona

Me fascinan un poco los japoneses. No es que me obsesionen, pero en una ciudad como Barcelona es fácil fijarse en ellos y son siempre el prototipo de turista que más me llama la atención. Me gusta verlos en el metro, arremolinándose en silencio, paseando por las calles de Barcelona, comprando en las tiendas, leyendo atentamente el menú de un restaurante, hablando entre ellos delante de La Pedrera… Es una mezcla entre, evidentemente, sus rasgos, y esa languidez oriental. La piel tan clara, la extrema timidez. El lujo sin ser expuesto. El estilo extraño. La delicadeza. Y, sobretodo, el absoluto respeto y fascinación que tienen sobre Barcelona. Nosotros vivimos aquí y no nos damos cuenta, pero la gente, ahí fuera, está loca por nuestra ciudad. Se compran guías de todo tipo, leen libros y contratan rutas exclusivas para conocer nuestra urbe. Y los que más saben exprimir la ciudad, turísticamente hablando, son los japos. El otro día pasé unas horas en Paseo de Gracia haciendo fotos y estos son unos algunos de los japos que nos visitaron esta semana.

Arigato. 

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De Halloween, guarrillas y dulces

Tras la resaca, y después de haberme pasado dos días frotando mi cara con desmaquillante, creo que ha llegado la hora de revisar las bases para un Halloween 2016 lleno de éxitos. Porque sí, gente, Halloween ha llegado como un tsunami de fuerza 8 para quedarse en nuestras vidas. Nosotros lo hemos acogido con los brazos y los poros de nuestros rostros bien abiertos, pero ya que lo hemos incorporado tardíamente podemos tomarnos el lujo de amoldarlo a nuestra manera. Nosotros no tenemos la presión de miles de años de tradición que tienen los norteamericanos. No. Nosotros, con unos 6 años, más o menos, podemos hacer lo que nos salga de los ovarios. ¡Por un “Halloween 2016 made in Spain” a nuestra manera!

Venga, vale. Buena idea.

Si vamos a adoptar Halloween como una festividad importante en nuestros calendarios, mentes y armarios, debemos revisar sus normas. No, estoy hablando de ir a Wikipedia y hacernos un poco más cultos sobre las festividades que celebramos, no, tranquis, no os voy a hacer leer más de la cuenta. Lo tenemos que hacer es ser un poco más puristas y mirar a los precursores para no hacer copias baratas y quedar como auténticos panolis en las redes sociales. Que sí, gente, tenemos que ver cómo lo hacen los americanos, porque hay algunas cosas que estamos haciendo mal. Mira, para empezar lo que he aprendido de este Halloween 2015 es que un Avatar, normal y corriente, puede ganar el primer premio del concurso. No hace falta disfrazarse de miedo para Halloween. Podéis ganar el concurso de la fiesta a la que vayáis disfrazándos de la mayor y depravada fantasía que tengáis. Pero ¡OJO!, y aquí quiero dibujar una línea que separe bien a los americanos de nosotros: no hace falta que nos disfracemos de guarrillas.

A ver…

Hace unos cuantos años dio la coincidencia en mi vida que me encontraba un 31 de Octubre en Chapel Hill, una población preciosa y llena de estudiantes de Carolina del Norte. Así es, en su momento taché de mi “Lista-de-cosas-que-hacer-antes-de-morir” el vivir un Halloween en Halloweenlandia como una auténtica Halloweendiense. Como en aquella época esta festividad no era muy conocida en España, yo no tenía ni idea de lo que iba a vivir allí. No estaba preparada para lo que mis ojos iban a ver. Para empezar me preguntaron esa mañana cuál iba a ser mi disfraz. Yo les dije que un sombrero naranja que había comprado en Target el día anterior a 3 dólares. Su sonrisa se congeló y asintieron al estilo americano “menuda-mierda-de-disfraz-pero-soy-tan-polite-que-tengo-que-hacer-ver-que-mola”. Ahí ya me cagué un poco, pensé que iba a estar completamente fuera de lugar si estos americanos se lo estaban tomando tan en serio. Como quien se pone el vestido de lentejuelas y las botas con tacones para ir al cine un domingo por la tarde a La Maquinista con las amigas. Por favor, ¡pero si nosotros tenemos Carnaval y yo siempre lo he petado en Carnaval!

(Un año, hace mil, mi madre me disfrazó para el festival de Carnaval del colegio de Mami, la famosísima nani de Scarlett O’Hara en “Lo que el viento se llevó”. Me pinté la cara de negro – hoy en día me tildarían de racista -, mi madre me dio una de sus viejunas faldas y me ataron al culo un cojín del sofá. Lo peté mucho. Pero nadie lo pilló. A ningún niño le hizo gracia, y las profes me miraban con incredulidad. Pero yo sabía que era la mejor: una nani negra de uno de los mayores filmes de la historia. Es lo que tiene pertenecer a una familia rarita).

Caía la noche en Chapel Hill y el frío empezaba a apretar con fuerza como los deditos de los niños en el timbre de la casa. “¡Trick-Or-Treat!” decían adorables vocecitas disfrazadas de Caperucita Roja, Eduardo Manostijeras, un cowboy y una sábana blanca con dos agujeros. Les dábamos cantidades ingentes de caramelos aunque ellos tuviesen sus cestos en forma de calabaza más llenos que los de los pajes reales en la cabalgata de los Reyes Magos. A un niño-perro le pedí que me dejara echar un vistazo a su botín y, a regañadientes, me lo enseñó. Todos los dulces y gordeces que os podáis imaginar estaban ahí metidas pero en versión mini: mini-Snikers, mini-Mars, mini-Reese’s, mini-Skittles, mini-M&Ms, mini-Twix y hasta unos mini-donuts del Dunkin’ Donuts. Esta es una tradición muy bonita pero que aquí no tiene ningún tipo de sentido. Así que ya podemos ir eliminándola para ese Halloween 2016. Para empezar nosotros ya tenemos una tradición que relaciona a niños y comida y que sólo en los colegios, y algunas familias, se sigue manteniendo como quién se agarra a la barra del bus cuando pega un frenazo: la Castanyada y los panellets. A nosotras todavía nadie se ha atrevido a picarnos al interfono para decirnos: “¡Truco-o-trato!”.

Pero si llega a ocurrir, y he oído que está ocurriendo, les meteré a esos niños-copias-baratas-yanquis unos buenos y blandurrios panelletes del Consum. Como padres es gracioso disfrazar a sus retoños. Y como niños creo que es un ejercicio psicológico muy interesante: por unas horas puedes ser quién quieras ser.  Pero no olvides que estás en Barcelona, no en Wisconsin, y que aquí la del cuarto es una borde, que el del 5º-3ª del edificio del frente se hace tocamientos en el balcón, y que los vecinos estamos hasta los cojones de que suene nuestro interfono cuando no estamos esperando a nadie. Así que, por favor, padres, dejad a vuestros hijos en casa, o sacarlos a pasear al parque, pero no vayáis casa por casa pidiendo dulces.

Lo siento mucho niño. Te has equivocado de país.

Aquí no tenemos un sentimiento de comunidad tan fuerte como en Estados Unidos. Imagínate que los vecinos de enfrente de tu escalera, los que te levantan a las 8 de la mañana con sus pedos matutinos, se piran. De pronto ves que vienen unos hombres de mudanzas y en una tarde han dejado el piso vacío. Tu te pones nerviosa porque quieres saber quién va a venir. Pero nerviosa en plan mal, en plan: a ver qué depravado vendrá, o quién habrá pagado los 356.000 euros de ese cuchitril, o quién me tocará los cojones si pongo la música un poco alta el domingo por la mañana de limpieza. Los americanos no hacen esto. Ellos se ponen nerviosos en plan bien, en plan: “cariño, ¿hemos repasado los arbustos de la entrada?” o “¡estoy tan nerviosa por los nuevos vecinos que me he olvidado de comprar mantequilla de cacahuete!” o “¡mamá, mamá! ¿podré ir a jugar al campo de béisbol con los hijos de nuestros nuevos vecinos? ¿y me dejarás ir hasta el final de la calle con mi nuevo-súper-hipersónico-triciclo?”.

Ellos se ayudan cuando un niño se pierde en los bosques. Se agarran de los codos y juntos no sólo crean una cadena humana sino que también crean una unión que seguirá fuerte hasta el fin de los tiempos. Ellos se prestan las pinzas de 48 centímetros para la barbacoa. Y no les importa ir a dar una vuelta con Buddy, el perro de sus vecinos. Nosotros dejamos la bici una hora atada en el pasamanos de la entrada y ya tenemos una nota de la presidenta que dice: “NO BICIS AQUÍ. ESTO NO ES TRASTERO”. O un extenso cartelito en el espejo del ascensor del vecino del bajo que está hasta los huevos de “recoger la mierda de los demás como colillas, pañales, bragas, condones y hasta una pizza quemada”. Sí que nos prestamos cosas, pero esta actividad está en desuso debido a los pakis. Ya no nos pedimos sal, ni harina, ni levadura, ni una pizca de nuez moscada. Ahora bajamos al paki 24h y nos servimos de lo que necesitemos. Así, dicho lo dicho, ¡no dejéis que los niños piquen a mi interfono pidiéndome dulces, porque son míos y estáis cortándonos el rollo del último episodio de Scandal!

Después de que más de 20 pequeños americanitos depredadores de azúcar nos desvalijasen la caja de caramelos, nos fuimos a casa de unos amigos. Yo me puse mi sombrero naranja y me anudé el abrigo. Hacía un frío de la hostia. Llegamos a casa de los amigos, nos dan unos vasos de plástico rojo y nos sirven vino caliente. Yo todavía estoy recuperándome del paseo al aire libre cuando me entra un escalofrío en cuanto veo a las chicas de la casa: tres rubias de la fraternidad Alfa-Phi-Gamma que llevaban unas ropas algo extrañas.

No, no creo que fuese un disfraz. Parecían maniquís de la sección de lencería de Macy’s o de un sex-shop del Eixample: sujetador con volantitos de color rosa, ligueros azul clarito, una faldita bordada en blanco con detalles en rojo, medias por encima de las rodillas y, para aclararlo, un diadema con unas orejitas de conejita Playboy y unas ala a las espaldas. ¿Pero esto qué es? ¿De qué van disfrazadas estas guarrillas? ¿De la primera modelo en protagonizar la portada del Penthouse pero que ahora está muerta y está en el cielo y por eso llevan las alas? “No preguntes”, me dije a mí misma. Los hombres iban con un traje, normal y corriente, y una caja-regalo preciosa, de película, con un lazo grande y pomposo en satén o papel brillante. Esa caja la llevaban sujeta, no sé cómo, en medio de la bragueta. “We are DICK IN A BOX!” gritaron al verme embistiéndome con sus cajas-caderas hacia mí, como un toro de Miura con un sólo cuerno.

La inteligencia brilla en sus ojos.

Así que las chicas van de putillas y los hombres con sus penes en una caja. Bien, Halloween en Estados Unidos tiene una carga sexual muy alta y no hace falta que nosotros la adoptemos. En eso tenemos más clase que ellos. No hace falta que te vistas de guarrilla en “Halloween made in Spain” para sentirte sexy. Porque en verdad no lo eres, eres una guarrilla. No enseñes más carne de la que enseñarías en pleno Julio a 45 grados en la sombra, no lo hagas porque no serás recordada como “mira Anacleta, qué buena que está y cómo mola su disfraz”. No, serás recordada como “¿de qué va disfrazada Anacleta? ¡Anacleta! ¿no tienes frío?”. Nadie se fijará en tu disfraz, se preocuparán más de tu salud. Eso es bueno, piénsalo, tus amigos se preocupan por que no cojas una pulmonía. Eso sí que es sentimiento de comunidad.

Salimos de la casa y vamos andando hasta la calle principal de Chapel Hill. Una avenida, muy simple, con dos carriles para cada sentido. Ahí estaba todo el pueblo y todas las personas que vivían en un radio de 160 kilómetros a la redonda. Para mí eso parecía una manifestación pero sin representantes políticos agarrando una pancarta. Sin principio ni sin fin. La gente caminaba por un sentido y cuando llegaba al final de la calle, y el pueblo, daba la vuelta como quién hace cola en el Decathlon de Ciutat Vella o en el Dragon Khan. Algunos disfraces estaban muy conseguidos: vi a un hombre con la cara pintada a trazos gordos y con un cuadro al rededor de su cuello. Era Van Gogh en persona. También vi a un Batman con mucho músculo. Un disfraz con extra de anabolizantes al que no pude evitar pedirle una foto. Vi al Pato Donald, a Minnie Mouse convertida en una guarrilla borracha que no se aguantaba de pié, a la Estatua de la Libertad en forma de chico-que-todavía-no-ha-salido-del-armario, a Han Solo, a Marilyn Monroe en un hombre borracho y a uno de los mejores disfraces de grupo de la historia. Veo una chica vestida de gris, de los piés al cuello, con unas barras atadas a la barriga. La sigo con la mirada  y compruebo que se reúne con tres amigas igual disfrazadas que ella. Me quedo parada, casi congelándome del frío, y al pequeño grupo se les une cuatro chicas más de gris. No sólo me quedé pasmada por lo extraño del disfraz, sino que me llamaron la atención porque no iban como guarrillas. Cuando por fin se reúnen las 12 amigas y se ponen una al lado de la otra, hombro con hombro, de pronto el cielo se abre justo encima de sus cabezas y se me revela antes mis ojos el mejor disfraz grupal que jamás haya visto: unos brackets. ¡Iban disfrazadas de unos putos brackets!. Estos americanos son la hostia. De verdad, nunca dejan de sorprenderme. Así que podemos disfrazarnos de lo que queramos, no tenemos porqué dar miedo. Aunque unos brackets sí que son algo terroríficos…

Se nos están acabando los disfraces. A mí no me gustan las pelis de miedo, por lo que mi cultura terrorífica está limitada y siempre acabamos apostillando nuestras caracterizaciones con un “zombie” o “recién muerta”. Hace 5 años me disfracé de Amy Winehouse “recién muerta”. Y gané el segundo premio. Hace 4 nos disfrazamos de las niñas de El Resplandor. Lo petamos mucho, pero no ganamos. El siguiente de Morticia Adams, como anillo al dedo. El otro año de Thelma y Louise “zombies”. Y este año de las malas malísimas de Jóvenes y Brujas. Y ya está. No se me ocurren más disfraces originales dentro del mundo del miedo. Por lo que dejémonos de terrores y ampliémonos, abramos horizontes. Los yanquis famosos se visten de un Cheeto, WonderWoman, Rapunzel, un huevo frito con bacon, gángsters, Piratas del Caribe, Hillary Clinton, Obama…

La familia Topo Gigo presenta pijamas cómodos y versátiles tanto para la cama como para ir de picnic. Esta semana a 15,90€ en Lydl.

¡Disfracémonos de Pablo Iglesias, de María Teresa Fernández de la Vega, de Mariano Rajoy! Porque, reconozcámoslo, Carnaval está muriendo, y no nos vamos a disfrazar dos veces en un mismo año, a no ser que nos paguen 5€ la hora. Si vamos a desprendernos de una tradición milenaria y estamos adoptando otra nueva, hagámoslo bien, hagámoslo a nuestra manera: ¡Viva “Halloween 2016 made in Spain” sin miedo, sin guarrillas y sin niños pidiendo dulces!

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De pestes y entrevistas de trabajo

Estoy sin trabajo. Así es, yo soy una de esas 4.067.955 personas. Llevo ya una temporada parada aunque alguna que otra entrevista ha caído. Unas han funcionado, otras no. Bueno, en verdad, ninguna ha funcionado porque aquí estoy: 5 de la tarde de un miércoles en mi casa con la lavadora recién tendida y la ropa del armario ordenada por colores. Todo está impoluto. “No trabajes, porfi”, me dice mi mujer, “todo está tan limpito y tu estás tan cuqui”, añade. Claro que estoy cuqui, creo que mi malalechismo lo estoy canalizando en una especie de TOC edulcorado a base de ordenar pendientes, limpiar motitas de los tenedores, encender velas y doblar braguitas. El resto del cabreo lo descargo en este lugar, así que ya le diré a mi mujer que os dé las gracias por aguantarme, estáis ayudando al bienestar de nuestra relación.

RuPaul's Drag Race animated GIF

Os estoy muy agradecida.

En la vida hay cosas que, con un solo vistazo, ya sabes que apestan. Las ves venir. Son esas cosas/personas/situaciones que de entrada huelen mal. Tu Yo-avisa-pestes envía a tu Yo-real pequeños impulsos neuronales para que los pilles a tiempo y evitarte situaciones apestosas. Pero muchas veces ya es demasiado tarde y estás metido con la mierda hasta el cuello. Pongamos por ejemplo que vas a El Corte Inglés a comprar unas medias negras tupidas (venga va, que sé que os gustan). De entrada tu cerebro ya te ha mandado unos cuantos avisos cuando tus ojos han visto el enorme triángulo verde, pero tú ni te has dado cuenta. Tu Yo-avisa-pestes ya te ha dicho que algo huele mal porque todo el mundo sabe que sólo se va a El Corte Inglés para comprar un regalo a alguien o para ir de compras con tu madre. Llegas a la sección de las medias y las fajas. Vas al pasillo de las medias negras y no hay manera de encontrar una talla que no sea la triple X. Miras a tu al rededor con unas medias que te gustan en la mano en busca de una dependienta. Tu cerebro ya te ha bombardeado con mil avisos, pero tu sigues en tus trece con que quieres comparte unas medias tupidas en El Corte Inglés. Das varias vueltas por los pasillos buscando a una dependienta. Nada. Miras por encima de los mostradores. Nada. Y nadie. Esto está más desierto que la sección de música del FNAC. Giras en la esquina de los guantes y los gorros de poliéster y de pronto las ves. Ahí están. Todas las dependientas juntas, inclinadas, con los pechos desparramados en el mostrador, encima de la caja, encima de la grapadora. Están hablando, cuchicheando muy juntitas, rozándose los cabellos llenos de laca, como cuervos devorando un cadáver en medio de la sabana africana. En este preciso instante, mientras se balancean las medias negras en tu mano, tu las miras pero te sientes incómoda. Es como un accidente: sabes que no debes mirar pero lo haces. Te quedas tres segundos mirándolas, sin moverte. Y entonces tu cerebro te lanza una bomba hiperatómica en forma de mini-cabreo. Tu yugular bombea y tu ojo derecho tintinea por la presión de la sangre que empieza a acumularse en la cabeza. Ya está, ya lo sabes, esto va a acabar mal. Esto apesta. Pero ahí sigues, andando a paso firme hacia las carroñeras. Una de ellas te mira, te aguanta la mirada dos segundos, ni se incorpora y vuelve a sus compañeras, luego te vuelve a mirar, vuelve a sus compañeras. Tú. Compañeras… Tú… Compañeras. Y finalmente tu. Lo ha pillado.

Hola, señora, ¿tiene mi talla?

Se acerca la que debe llevar poco tiempo como dependienta, unos 173 años. Le dices, con amabilidad tensa, que quieres estas medias en una talla más pequeña. Ella se coloca las microgafas que cuelgan de la cadena verdosa encima de la punta de la nariz. Mira el código de barras, lo escanea con sus ojos de rayos X, y te mira por encima de las microlentes para decirte que no hay tu talla. Tu cerebro explota y dejas las paredes de El Corte Inglés con pedazos de tu hipotálamo y hueso craneoencefálico. “Te lo dije, esto apestaba”, dice tu Yo-avisa-pestes. Te vas de allí con un cabreo de la hostia y sin medias.

Las cosas/personas/situaciones apestosas pueden venir disfrazadas. Esas son las peores. Son las que te han engatusado para bajarte las bragas hasta los tobillos y, tras descubrirse, metértela a pelo, desflorando tu inocencia y corrompiendo toda imagen que tenías de que el mundo es un lugar bello donde todo funciona correctamente. Mentira.

Hace poco fui a una entrevista de trabajo. Una de las, supuestamente, serias. Una consultoría especializada en perfiles digitales buscaba a una creadora de contenido que les llevase las redes sociales. Es la primera vez que me llaman de una oferta aplicada por una web de trabajo. Así que tenía 24 horas para prepararme. ¿Prepararme el qué? Por si acaso voy a mi perfil de LinkedIn, una página preciosa que la miro y la miro cada día y a la que le enciendo velas, a ver si pasa algo. Repaso mis últimos trabajos. Por Dios, como si no supiese ya qué he hecho estos últimos 5 años… Me plancho una camisa blanca. El pantalón negro. Las bragas. El sujetador. El pelo. Lo dejo todo liso y en su sitio. Duermo repasando mentalmente la oferta de trabajo: creadora de contenido, empresa digital. “Son una consultoría, son serios”, me digo a mí misma. Al día siguiente me lavo hasta detrás de las orejas. Y a las 15:58 hora zulú central me presento. Apretón de manos, sonrisa. La entrevistadora es una chica mayor que yo con una sombra de ojos que me hace sospechar. Sí, yo me fijo en estas cosas. Es de color turquesa intenso. Pero no es sombra, es lápiz. Ha cogido directamente el lápiz de color turquesa y se lo ha restregado por el párpado y se ha formado un pegote. Sospecha. Primer impulso electroneuronal de mi Yo-avisa-pestes. Mientras me vuelve a explicar la oferta observo su maquillaje en general, su pelo, la chaqueta. Hay algo que no va bien. Labios pintados a pegotes, comisuras resquebrajadas, pelo grasiento, mechones descolocados, coleta caída, mangas extremadamente largas. No para de mirar a su móvil, apagado sobre la mesa. Algo no funciona.

superman animated GIF

¿Qué es ese sonido? ¿Qué está pasando?

Mi Yo-avisa-pestes me envía tímidas señales de alerta. Yo sigo ahí. Me pregunta sobre mi experiencia laboral y mi Yo-avisa-pestes me pega un tirón en la pierna. Empiezo mi monólogo laboral, un discurso moldeado a medida que han ido pasando los años y las entrevistas, pero que siempre acaba siendo el mismo: he trabajado, tengo experiencia, molo mucho, contrátame. Hablamos sobre mi perfil digital, una salida profesional que he tenido que aceptar, porque el periodismo está muerto y yo no quiero morir, todavía. Y, de pronto, cuando ya me he desabrochado la camisa y me estoy bajando las bragas, la entrevistadora me dice: “Tres puntos fuertes y tres puntos débiles”. Sus ojos pestañean dos veces y el turquesa me destella dándome dos puñetazos en las cavidades oculares. Mi Yo-avisa-pestes acaba de lanzar una bengala al aire y está emitiendo el mensaje internacional de SOS en morse mental. Esto apesta, y mucho. Si sois entrevistadores y habéis hecho esta pregunta tenéis que saber que sois unos apestosos.

Hola, soy tu entrevistadora apestosa y te acabo de hacer un fisting sin que te hayas dado cuenta.

Definirse en 6 adjetivos, buenos y malos, no es fácil. No es que sea fácil, es que es una auténtica chorrada. Somos una mezcla demasiado compleja como para limitarnos a tres puntos fuertes y tres puntos débiles. Mi psicóloga me dará la razón, lo se. Contestar a esta pregunta es lo mismo que hacer unos de esos apestosos test de Cosmopolitan: “¿Te pasas de amable?”, “¿Cuál es tu personalidad sexual?”, “¿Estás obsesionada contigo misma?” o, mi preferida, “¿Qué celebrity eres cuando sales de fiesta?”. Suma las As, las Bs y las Cs y el resultado es un párrafo apestoso que nada tiene que ver con esa Courtney Cox que te sale de dentro cuando te metes dos Jägermeisters seguidos en el Apolo, o esa mojigata que florece cuando te proponen sexo anal. Todo es mentira. Como esta situación apestosa.

Balbuceo que me gusta el trabajo en equipo. MENTIRA. Digo que soy muy analítica. MENTIRA. Y termino diciendo que siempre estoy proponiendo nuevas ideas para mejorar. Medio-MENTIRA. ¿Tres puntos débiles? Miro la pared que tengo delante, blanca. Blanquísima. Joder, esta pared es muy blanca. Suelto que soy demasiado detallista. Y en medio de mi cerebro me veo a mí misma señalándome con el dedo y soltando una carcajada estrepitosamente apestosa.

Hasta Rafa se ríe de mí.

“Eso no es malo”, me dice madame turquoise con una sonrisa. Y lo intento arreglar diciendo que me cuesta pedir ayuda y acabo haciendo mi trabajo por mi lado. Y mientras lo digo me vuelvo a ver a mí misma en medio de mi cerebro haciendo de caganer. A cuclillas y excretando una boñiga de Arale muy apestosa.

Pedirle a un entrevistado que exprese sus puntos fuerte y puntos débiles está demodé. Si quieres saber, realmente, cómo es una persona ponla en situación, haz un auténtico ejercicio psicológico para ver cómo el psicópata que tienes delante es capaz de desarrollarla. Sí, psicópata, porque preguntarle 3 puntos fuertes y 3 puntos débiles a cualquier persona hoy en día es como entrar en un chat de Terra y decir que tienes 10 años y teclear emoticonos sonrientes y hablar de que tienes unas entradas de Justin Bieber de sobras, cuando en verdad eres un hombre de 46 años, ex-monaguillo, que vives en un bajo que da a la parte trasera de una tienda de pinturas. Así es, todo muy apestoso.

Cosas que cuando las ves de lejos ya sabes que apestan.

A ti, buscador de trabajo, si tienes una entrevista dentro de poco prepárate estas preguntas. Es divertido mirarse a uno de verdad como trabajador y ver en qué eres fuerte y en qué eres débil. Prepárate la introducción, el nudo y el desenlace. Ponte delante del espejo y practica. Si quieres añádele unos toques de humor. Siempre funciona. Y suerte.

A ti, entrevistador apestoso, que vas a entrevistar a alguien en breve, ahórrate esta pregunta, rata-de-dos-patas. Porque las respuestas que vas a tener son más falsas y preparadas que el trasero de Kim Kardashian. Si quieres autenticidad, si, de verdad, quieres saber cómo es la persona que tienes delante, si lo que estás buscando es algo más que un simple trabajador que venga a calentar la silla y cumplir este horrible horario ibérico de 9 a 14h y de 16h a 19h, plantéale un reto, una situación. “Estás caminando tranquilamente por el campo y de pronto oyes a alguien que pide auxilio. Te acercas y hay un río con una corriente muy fuerte que os separa. ¿Qué haces y cómo lo haces?”. ¡BUM! La respuesta a esta situación te dirá muchísimo más que 6 adjetivos, buenos y malos.

Al final la oferta de trabajo no era lo que esperaba. Tras dos horas y media con el cliente final resulta que el tipo era un explotador en cubierta y me exigían desde la consultoría que para poder trabajar con ellos debía darme de alta de autónomos. Tócate un pié. Así que todo apestaba desde un buen principio, pero mi Yo-real estaba tan ilusionado con una entrevista “seria” que no le hice caso a mi Yo-avisa-pestes y ha pasado lo que ya me venía diciendo: te vas a pasar dos días sin ducharte sumida en una depresión de la hostia por culpa de una mierda de entrevista. Ok, vale, mensaje captado. Me voy a la ducha, que apesto.

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