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De minions y unicornios

En el mundo hay dos tipos de personas (sic, mi-amiga-Andrea): los mininos y los unicornios.

unicorniominionEmpecemos por el principio. Por un lado están los borregos, ese grupo de personas que siguen en masa a un líder. Son personas que no se preguntan cuánto tiempo queda de trayecto ni a dónde va todo el mundo.

Y por el otro lado están los que se piden de postre cualquier cosa que no tenga chocolate, aquellos que odiaban el uniforme del colegio (ya sea de diario o el chándal, o cualquier otra prenda que viniese impuesta por el director).

He bautizado a los borregos como los minions. Esas entrañables criaturitas que hacen adorables sonidos guturales y que son de color amarillo. Y los otros, los que nadan a contracorriente, los he denominado unicornios. Animales celestiales de la mitología de los que nunca se ha podido afirmar ni negar su existencia. Lo más maravilloso de esta dicotomía, de esta sociedad binaria, es que conviven en supuesta armonía en los mismos espacios cosmopolitas. Hasta ahora.

Se dice eso de “haz el amor y no la guerra”, y que el amor es el motor del mundo. Y una mierda. Mentira todo. Lo que mueve el mundo y une a las personas de tan variada condición es la chaqueta de polipiel amarilla de Zara.

Ella es el verdadero y genuino elemento unificador de chonis, swaggers, pijas, hipsters, indies, lolitas, popys, trendies, divas y raperas.

La chaqueta amarilla ha conseguido lo que anhelan todos los partidos políticos de nuestro deplorable país: aunar a toda una población en felicidad y armonía, en borreguismo recalcitrante y totalmente ciego.

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Nótese en estas imágenes que tres de cuatro minions no sólo llevan la puta cazadora amarilla sino que también llevan vaqueros y camiseta clara. Súmum del borreguismo.

Hace un mes que vi mi primer minion por Barcelona. Me llamó la atención, claro. No sólo porque era muy bajita, sino que destacaba su chaqueta de polipiel amarilla y su Michael Kors colgando del codo (otro elemento tremendamente perturbador y muy significativo del borreguismo fashonil). El impacto visual fue inmediato lo que hizo que se me cerrasen los ojos rápidamente, como si se me hubiese metido un polen volador. Pero no, fue la reacción casi instintiva de mi cuerpo en querer hacer un CTRL + Z en mi cerebro. Pero ahí tengo la imagen perenne en mi córtex. Viviré con ella siempre.

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Doloroso y traumático a la vez.

A los pocos días, con la guardia bajada, me encontré con otro minion cruzando Plaza Universitat. Bajita, como la otra, con una bolsa de gimnasio enorme al hombro, y unas gafas de sol polarizadas. Dios, demasiados destellos para una sola persona. La plaza se quedó en silencio, los skaters dejaron de saltar y los taxistas salieron de sus coches. Pero el minion ni se dio cuenta porque llevaba la música a tope en sus orejas.

Después de esa semana las visiones de minions con la chaqueta de polipiel amarilla de Zara sucedieron de manera reiterada, constante, insistente. Era una pesadilla. Y de pronto sale en los medios el fenómeno de la chaqueta. Hasta Miranda Makaroff le dedica un (¿gracioso? ¿irónico?) vídeo. En ese instante solté una bocanada muy grande de aire y relajé mi cuerpo, que llevaba un mes en tensión. Pensé, ilusa, que al salir en los medios la gente dejaría de comprársela.

Pero no. Qué va. La plaga sigue. Los minions se están multiplicando. Aún anunciando que esa chaqueta la llevaba todo el mundo, el resto del mundo que no la llevaba corrió al Zara más próximo para hacerse con una de ellas. A las pocas horas se agotó en la web y ahí es cuando yo dejé de creer en el ser humano como Homo Sapiens Sapiens. Homo Minion Subnormalis.

Pobre humanidad…

Hace unos días paseaba por el centro y mi mirada se fue hasta el fondo de calle Tallers. ¿Qué coño es eso? Era una chaqueta amarilla dorada, ligeramente descolorida, algo gastada… Y lo vi. Pasó a mi lado en silencio, mirando al infinito, con una expresión de tranquilidad en el rostro, con una posición corporal sólo digna de un animal mitológico. Así es, vi a un precioso unicornio llevando una chaqueta amarilla vintage. Le faltaba un botón y eso la hacía aún más especial, más ÚNICA. Y ahí volví a creer en el ser humano, en algunos humanos, en aquellos que saben que los cambios vienen cuando te arriesgas. Volví a creer en esas personas que saben que el mundo está muy jodido pero que van a disfrutar de su presencia en él hasta el último día.

I want to believe.

Este blog no se responsabiliza de la posible ofensa que puedan ocasionar sus palabras a las y los portadores de la chaqueta de polipel amarilla de Zara. Tú y todos sabemos que no das para más. Ahora te toca a ti elegir ¿quieres seguir siendo un minion o prefieres convertirte en un unicornio?

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De pantalones campana y la reforma de la Constitución

Me hace gracia todo esos artículos de egobloggers de moda y posts de Facebook que dicen: “¡VUELVE EL BOHO CHIC! ¡VUELVEN LOS CROP TOPS! ¡VUELVE EL SAFARI URBANO!”. Así escrito, en mayúsculas, con exclamaciones. Casi como un grito desesperado, expulsando perdigones de babita como los chiquillos que gritaban en los años 40 “¡EXTRA EXTRA!” con el diario en la mano porque se acababa de anunciar la Segunda Guerra Mundial. Te lo dejan bien claro para que lo tengas presente durante todo el día y así tu cortex prefrontal vaya trabajando en cómo incorporar los flecos y el marsala a tu absoluto y desgraciado demodé armario.

Señoras y señores, esto se llama “fast fashion” y hemos sido invadidos por él. Y no hay escapatoria. Es lo que nos toca ahora resultado de una sociedad de consumo que ha desembocado en una sociedad del “ahora”. Es como cuando viene tu jefe, si lo tenéis, y os dice: “Gertrudis, necesitamos, para ya, una presentación de PowerPoint de este cliente”. Y te mira como el enano gruñón. Y tu le preguntas inocentemente: “¿Para… cuándo?”. Y él dice muy rojo y lanzando humo por las orejas: “¡PARA AYER!. Ahí mismo. Justo ahí. Inmediatez contra calidad. Resultados, da igual cómo, frente a un trabajo bien hecho. Ese es el sentido de la moda mainstream de nuestro tiempo, una moda “para ayer” donde gana la rapidez, a veces la mediocridad y muchas veces el sinsentido. No vayas a Stradivarius a “sólo ver”. Porque lo que “veas” la semana que viene no estará. Y tu armario se habrá quedado out of service en un abrir y cerrar de ojos. Podéis ir a contracorriente y utilizar la cabeza: para qué me voy a comprar ese jersey con esos unicornios tan monos si tengo un jersey con unos ositos tan monos. Es un poco duro ir a contracorriente. Pero tremendamente gratificante para el bolsillo y el alma. Sí, me pongo trascendental.

Anyway, volviendo a las tendencias que vienen y van, porque todo va y viene, hay una que lleva un año haciendo un ruidito especial. Un repique muy familiar para todos: abuelos, padres y madres, y nosotros mismos, treintañeros de pro, generación Y, mileuristas o millenais, como cojones queráis. Así es, según varios blogs de moda, revistas de moda, Twitters de moda, Facebooks de moda, Instagrams de moda y grupos de Whatsapps de moda: ¡VUELVEN LOS PANTALONES CAMPANA!

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¡NOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOO!

Los pantalones súper campana deberían estar prohibidos por ley. Debería constar en la próxima reforma Constitucional un apéndice que establezca que los pantalones campana y/o de pata de elefante “estarán prohibidos para uso público, relegando su uso al doméstico bajo la responsabilidad de su portador”. O algo así. ¿Porqué? Aquí tenéis mis 5 razones por las que los pantalones campana deberían estar prohibidos y reglados por el código penal.

1. ¿Eres marinero/a? ¿No? Pues qué estás haciendo.

El origen de los pantalones campana se remonta la cubierta de los barcos en plenos siglo XIX. Los marineros utilizaban esta prenda con tres propósitos muy prácticos: eran rápidos de quitar con las botas puestas, eran fáciles de arremangar y el aire dentro de la campana les salvaba de un ahogamiento si caían al agua.
A no ser que hayas tenido una diarrea histórica y te hayas cagado encima y tengas que cambiarte, rápidamente, de pantalones, entonces vale. Tienes excusa.

O, si eres una actriz porno, o actor porno, y tienes que hacer un primer plano urgente de tus partes bajas, entonces también vale. Pero ya está. No hay más excepciones en esta norma.

2. Eres una persona humana, no una persona-animal-mitológica.

Como humano tienes dos piernas. Una al lado de la otra, junticas. Al final tienes unos pies, unos los tienen más grandes y otros más pequeños, pero ahí están para darte una base. No necesitas más perímetro para ampliar tus cimientos. No quieras parecerte a un caballo percherón, ni al Fauno, ni a un centauro. Eres un humano, homo sapiens sapiens.

caballo

Dos humanas queriendo ser percherones.

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A la izquierda una centaura de verdad de los cuatro pies a la cabeza. A la derecha las pezuñas de una persona humana .

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Persona humana queriendo ser el Fauno.

 

3. “¿Qué es ese sonido? ¿Quién está serrando algo?” “No, tranqui, es la nueva becaria que esta subiendo las escaleras con sus pantalones campana”.

Si vas a robar a una casa, de noche, no te pongas pantalones campana. Ni de noche ni de día. Si vas a la biblioteca, ni se te ocurra ponértelos. Si vas al hospital ¡ojo! te pueden llamar la atención porque es una zona libre de ruidos
Hace unas semanas, haciendo limpieza en casa de mis padres, encontré unos pantalones campana de la marca Samblancat. Eran lo más. Era a todo lo que podía aspirar como niña pija-de-bien. Poder entrar en unos Samblancat e ir al cole con ellos era como tocar el cielo. Gracias a mi madre, que lo guarda todo, pude volver a ponerme unos Samblancat. Pero no fue lo que recordaba. Asusté a mi perra que dormía plácidamente en su camita cuando desfilé por el pasillo. La imagen era de susto. La imagen y el sonido: una tipa de 1’86 con unos pantalones oscuros muy acampanados caminando con las piernas abiertas y haciendo “frrr… frrr… frrr… frrr… frrr… frrr… frrr… frrr… frrr… frrr…” a cada paso.

Asustan sólo de verlos en la percha.

Por tu propio bien ponte pantalones para ser vista, no oída.

Tú, tú. SÍ, TÚ. ¡SSSHHH!

 

4. ¿Hola? ¿Pies? ¿Dónde estáaaais?

Es muy difícil encontrar la medida exacta de unos pantalones campana: o son muy cortos y pareces un cómic de Popeye, o son muy largos y tus pies desaparecen y le echas una mano BCNeta. Si eres amante de los zapatos, o tienes unos cuantos y quieres lucirlos, olvídate de los pantalones campana, nadie te los verá. Está bien para disimular pies grandes, como los míos. Pero… ¡a la mierda! son los pies que tengo y me han llevado a muchos sitios. Sí, tengo un 43 y no, no los pienso esconder.
Una vez vi a una chica en plaza Universitat que llevaba unos pantalones campana a la que no se le veían los pies. De verdad pensé que se los habían amputado. Luego vi que el pantalón hacía una movimiento extraño en la zona de la espinilla y me dio la impresión de que llevaba los pies al revés: el talón delante y los dedos detrás. Esa noche tuve pesadillas.

Podría estar caminando hacía atrás.

5. Seguridad. Seguridad ante todo.

Y mi quinta razón por la que deberían estar prohibidos los pantalones campana por la Carta Magna del 2020 es por tu propia integridad física y la de los tuyos. En el Articulo 69 debería constar que “se prohibirá el uso de los pantalones campana si es portador de un infante de 0 a 10 años u objetos que, al caer al suelo y romperse, puedan dañar su persona o la de los que tiene a su alrededor”. O algo así. Porque si yo llevo a mi hermoso sobrino de 17 kilos en mis brazos y – Dios quiera que no… bueno… qué Dios ni que historias, yo no llevo pantalones campana – me tropiezo con mi propio pantalón, el niño me sale volando y yo me quedo tendida en el asfalto, como una gilipollas, y mi medio-hijo se disloca un brazo, yo quedo como una persona impresentable, un despojo, un peligro para lo sociedad con orden de búsqueda y captura.

Esta imagen debería estar prohibida en Internet por incitar y motivar a conductas peligrosas y de alto riesgo.

En la próxima comida familiar de domingo, o estas Navidades, ni se te ocurre salir de la cocina con la bandeja del pavo o la olla con galets y tus nuevos hiper-flare-jeans. No lo hagas o te convertirás en la estúpida de la familia, en esa historia tremendamente graciosa que pasa de generación en generación y que, cuanto tengas 84 años y estés medio sorda, recordarán como el momento de los “galets voladores y las quemaduras de tercer grado”. Y entonces te acordarás de mí.

Te lo dije.

 

APÉNDICE para la la Prohibición de Pantalones Campana en la Constitución: Peto-pantalón-campana.

A mediados de los 90, cuando volvieron los pantalones campana por primera vez después de los años 60-70, la reinvención trajo consigo ciertos cambios sustanciales: tejidos elásticos, diseños tribales, cuerdas, cremalleras, estampados… y una fusión, un mestizaje, una mutación llegada del espacio: el peto-pantalón-campana. Parece que esta deformidad genética del pantalón campana quiere volver ahora, en 2016.

Esto es el apocalipsis.

Por el bien de vuestro timeline de Facebook, no lo hagáis. De verdad. Hay vida más allá, hay solución para todo, y siempre hay luz al final del túnel.

 

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