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De Pantone y lotes de Navidad

En algún momento iba a pasar. Y el día ha sido hoy. Bueno, hace unos días. Pantone, esa empresa megaguay que lo flipa en colores, ha anunciado El Color del 2016. Aunque no ha sido uno. Por primera vez en la historia, Pantone ha anunciado Dos Colores para el año que viene. Y los ganadores son… ¡Rosa Cuarzo y Azul Serenidad!

¡Felicidades! Aquí tenéis vuestro merecido premio: todo un año reinando en los abrigos, camisetas, bragas, calcetines, fundas de almohada, esmalte de uñas y lo que os dé la real gana. ¡Un aplauso a la espléndida pareja!

-¡TONGO! – No cari, TANGA.

Como se que algunos de los que me leen viven en Marte, os aclararé que Pantone es la empresa creadora del Pantone Matching System, un sistema de identificación, comparación y comunicación del color para las artes gráfica. Es decir, los capos capísimos del mundo colorido. Y como tratan con tantos colores, desde hace unos años van anunciando El Color que marcará la tendencia en nuestras ropas, hogares y todo lo que podamos colorear. Hace tiempo vi un documental chulísimo en La 2 donde se iban a Copenhaguen a pasar unos días en la sede de Pantone. Fue esa mezcla de diseño nórdico, aroma a canela y todos esos colores lo que me dejó fascinada: unas personas miran y remiran todas las imágenes de las principales revistas del mundo. Hacen recortes, pachworks, collages. Lo cuelgan en las paredes, las ventanas, las escaleras, el retrete… y ¡boom! Ya tienen el color que se llevará el año que viene. El proceso les lleva entre cinco y tres meses. Reuniones y reuniones, Skypes y horas hasta las tantas para al final decidirse por un solo color. Cuando yo no soy ni capaz de decidirme entre palomitas de colores y palomitas blancas y al final acabo pidiendo que me hagan un megamix.

 

popcorn movie nothing

La película duraba 3 horas ¿vale?

El año pasado Pantone anunció en su palco real que el color del 2015 iba a ser el Marsala. O lo que es lo mismo: el color granate-tirando-a-tierra o color vino. A los dos días me estaba comprando un gorro de color Marsala. Y de pronto me vi en mi casa con los labios Marsala, las uñas Marsala y un tanga Marsala del Mercat del Ninot. Allá donde posaba mi mirada veía Marsala: en las paredes de una tienda, en los vasos de papel del Starbucks, en las servilletas de un kebab, en el pelo de la cajera del Lydl, en todos las velas del Ikea… Sólo en un lugar no pude encontrar papel para envolver de color Marsala, y fue en el chino de al lado de mi casa. No tenían nada de ese color, absolutamente nada. Todo era negro, alabado negro, gris, marrón, lila-feo, verde-caca y rojo-cresta-de-pollo. Ni rastro del Marsala. Será que en China ya están hartos de tonalidades rojas o será que se las trae al pairo lo que diga Pantone o el Papa. Más bien creo que lo segundo.

En cuestión de meses veía Marsala por todas partes y el color empezaba a empalagarme. Sigo guardando el gorro, y lo amo con todas mis fuerzas, pero ya no es lo mismo. En la alfombra de los Oscar, en la posterior fiesta de Vanity Fair, en los Goyaecharle un ojo a las imágenes de estos vestidos en la prensa era como comprar en Asos con el filtro de “vestidos de noche” y “color rojo” activados. Todas iban igual. ¿Y este año qué? Con dos colores a las famosas les va a entrar una dicotomía bicolor muy fuerte que puede que se desarrolle en un brote psicótico. Me temo lo peor en las alfombras rojas…

Pantone's colors of the year are pink and blue.

Las famosas escogiendo vestido para los Oscar 2016

El Marsala es un color un poco dark, por eso lo abracé con todas mis fuerzas y lo disfruté mientras pude. Es un color que ha encajado bien dentro del día a día de nuestra sociedad. No desentona y aporta sofisticación. Pero el año está acabando, es Navidad, se acerca el 2016 y aquí llega Pantone con nuevo anuncio. Agárrense a la silla, porque este año veremos rosa palo y azul bebé por todas partes. Madre mía… estoy temblando, de verdad. Me cuesta creer que lo vayamos a conseguir, me cuesta creer que nos vayamos a vestir con estos colores. Yo no puedo, es que no puedo. Que alguien me inyecte una dosis doble de insulina, porque no lo voy a soportar, no aguantaré hasta final de año sin haberme antes arrancado los ojos o exiliado a la montaña. Y más aún después leer las declaraciones que ha hecho Pantone sobre sus colores. Mira, de verdad, es que me están dando arcadas:

“El rosa cuarzo es persuasivo, pero suave. Expresa compasión y un sentido de la compostura. Es el color de un atardecer sereno, unas mejillas sonrosadas o una flor emergente”.

gross vomit disgusting barf

Primperan, necesito un Primperan ¡YA!

“El azul serenidad es grácil y etéreo como la bóveda celestial, y proporciona una sensación de calma y relajación incluso en tiempos turbulentos. La mezcla de ambos da idea de conexión y bienestar así como sentido de orden y paz”. Acabo de vomitar encima de mi gata.

Yo lo que quiero saber es qué tipo de café hay en las instalaciones centrales de Pantone. Estoy segura, pero segura de verdad, que sus lotes de Navidad mola muchísimo más que los nuestros. Mira, para empezar les pondrán velas, porque a los nórdicos les gustan las velas, y las velas son lo mejor que le puede ocurrir a tu casa. Si no te la dejas encendida y la incendias. Ojo.

Esta cesta es una auténtica mierda.

Seguro que también les darán lubricantes, preservativos y dildos, porque son muy open minded con la sexualidad. Luego les darán unas bolsitas de té de marihuana índica, para que se relajen al llegar a casa y asimilen todo un largo y duro día en Pantone. Y unos porros de tamaño L bien liados de marihuana sativa, para activarse los domingos por la mañana. También una cajita muy mona de hojalata con 366 pastillas de LSD, porque el 2016 es bisiesto, señoras y señores. Además un collar unisex con una piedra preciosa gris, una roca de MDMA que se deberá chupar en momentos de crisis o cuando el jefe se haya ido de viaje y se necesite un empuje psicotrópico. El lote también incluye 200 gramos de hongos psilocibios, envasados al vacío, porque unas setas alucinógenas siempre quedan bien cuando tienes invitados. Un Panettone, no… no es un guiño del copy de la empresa. Un Panettone de esos enormes que parecen más bien un sombrero de soldado del siglo XIX, donde la bolsa extra de azúcar glass es cocaína extrafina de Colombia. Y una preciosa maceta con dos hermosas adormideras para que ellos mismos vayan tratándolas para sacar su propio opio y fomentar la interacción entre trabajadores.

– Jorgen, tío, qué buenas son estas pastis.

Y mientras ellos se los pasan mejor que Pocholo en el Sónar, nosotros seguimos con nuestros turrones y polvorones secos del Makro, y los vinos blancos pasados del Eroski, y los patés de un, supuestamente, cerdo con ceps. O ni eso. Da igual. Porque aquí lo que importa es que una vez más somos el hazmerreír de los nórdicos, esos seres superiores y la siguiente evolución del Homo Sapiens Sapiens. Porque mientras ellos tienen las pupilas dilatadas y hacen castañuelas con la mandíbula, nosotros vamos a tener que tragarnos una invasión masiva de chonis disfrazadas de Barbie con permiso para llevar chándales rosas, pijas con abrigos de pelo largo azul pastel que se creen macarrons de Ladurée y un catálogo de Ikea en el que ha vomitado, con violencia, Candy CandyJohn Snow va a cambiar su capa por una de color azul serenidad y mutará en un adorable y achuchable Oso Amoroso.

Esto es un disfraz de John Snow del Party Fiesta.

Y a las mujeres-centuaro, las portadoras de pantalones campana, les saldrán alas en la parte alta del culo y un enorme y reluciente cuerno en medio de la cabeza y, de pronto, se convertirán en mágicos Little Ponys. Y cuando estés en la cola del Consum y venga cabalgando una Pony y te pida si la puedes dejar pasar porque “sólo llevo alfalfa”, tendrás que dejarla pasar porque son mágicos y llevan los colores de moda.

Pantone se cree que ha hecho un favor a la humanidad. Esto empezó un jueves de “unas cañas y a casa”, luego pasó a un re-after en casa de Hans el lunes a las 11 de la mañana, y de allí, a la reunión de “El Color del 2016” del martes. Y así nos va. Estamos pagando las consecuencias de un grupo de hipsters nórdicos con droga de la buena. Y yo tengo que decirles que o comparten lo que se han tomado para que podamos enfrentar el 2016 como ellos lo han ideado o tendrán que hacer un comunicado oficial, el primero de la historia de Pantone, retractándose de su elección y reconociendo que el Negro es el mejor color de todos los tiempos, pasados, presentes y futuros.

 

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De pantalones campana y la reforma de la Constitución

Me hace gracia todo esos artículos de egobloggers de moda y posts de Facebook que dicen: “¡VUELVE EL BOHO CHIC! ¡VUELVEN LOS CROP TOPS! ¡VUELVE EL SAFARI URBANO!”. Así escrito, en mayúsculas, con exclamaciones. Casi como un grito desesperado, expulsando perdigones de babita como los chiquillos que gritaban en los años 40 “¡EXTRA EXTRA!” con el diario en la mano porque se acababa de anunciar la Segunda Guerra Mundial. Te lo dejan bien claro para que lo tengas presente durante todo el día y así tu cortex prefrontal vaya trabajando en cómo incorporar los flecos y el marsala a tu absoluto y desgraciado demodé armario.

Señoras y señores, esto se llama “fast fashion” y hemos sido invadidos por él. Y no hay escapatoria. Es lo que nos toca ahora resultado de una sociedad de consumo que ha desembocado en una sociedad del “ahora”. Es como cuando viene tu jefe, si lo tenéis, y os dice: “Gertrudis, necesitamos, para ya, una presentación de PowerPoint de este cliente”. Y te mira como el enano gruñón. Y tu le preguntas inocentemente: “¿Para… cuándo?”. Y él dice muy rojo y lanzando humo por las orejas: “¡PARA AYER!. Ahí mismo. Justo ahí. Inmediatez contra calidad. Resultados, da igual cómo, frente a un trabajo bien hecho. Ese es el sentido de la moda mainstream de nuestro tiempo, una moda “para ayer” donde gana la rapidez, a veces la mediocridad y muchas veces el sinsentido. No vayas a Stradivarius a “sólo ver”. Porque lo que “veas” la semana que viene no estará. Y tu armario se habrá quedado out of service en un abrir y cerrar de ojos. Podéis ir a contracorriente y utilizar la cabeza: para qué me voy a comprar ese jersey con esos unicornios tan monos si tengo un jersey con unos ositos tan monos. Es un poco duro ir a contracorriente. Pero tremendamente gratificante para el bolsillo y el alma. Sí, me pongo trascendental.

Anyway, volviendo a las tendencias que vienen y van, porque todo va y viene, hay una que lleva un año haciendo un ruidito especial. Un repique muy familiar para todos: abuelos, padres y madres, y nosotros mismos, treintañeros de pro, generación Y, mileuristas o millenais, como cojones queráis. Así es, según varios blogs de moda, revistas de moda, Twitters de moda, Facebooks de moda, Instagrams de moda y grupos de Whatsapps de moda: ¡VUELVEN LOS PANTALONES CAMPANA!

scared screaming scream

¡NOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOO!

Los pantalones súper campana deberían estar prohibidos por ley. Debería constar en la próxima reforma Constitucional un apéndice que establezca que los pantalones campana y/o de pata de elefante “estarán prohibidos para uso público, relegando su uso al doméstico bajo la responsabilidad de su portador”. O algo así. ¿Porqué? Aquí tenéis mis 5 razones por las que los pantalones campana deberían estar prohibidos y reglados por el código penal.

1. ¿Eres marinero/a? ¿No? Pues qué estás haciendo.

El origen de los pantalones campana se remonta la cubierta de los barcos en plenos siglo XIX. Los marineros utilizaban esta prenda con tres propósitos muy prácticos: eran rápidos de quitar con las botas puestas, eran fáciles de arremangar y el aire dentro de la campana les salvaba de un ahogamiento si caían al agua.
A no ser que hayas tenido una diarrea histórica y te hayas cagado encima y tengas que cambiarte, rápidamente, de pantalones, entonces vale. Tienes excusa.

O, si eres una actriz porno, o actor porno, y tienes que hacer un primer plano urgente de tus partes bajas, entonces también vale. Pero ya está. No hay más excepciones en esta norma.

2. Eres una persona humana, no una persona-animal-mitológica.

Como humano tienes dos piernas. Una al lado de la otra, junticas. Al final tienes unos pies, unos los tienen más grandes y otros más pequeños, pero ahí están para darte una base. No necesitas más perímetro para ampliar tus cimientos. No quieras parecerte a un caballo percherón, ni al Fauno, ni a un centauro. Eres un humano, homo sapiens sapiens.

caballo

Dos humanas queriendo ser percherones.

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A la izquierda una centaura de verdad de los cuatro pies a la cabeza. A la derecha las pezuñas de una persona humana .

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Persona humana queriendo ser el Fauno.

 

3. “¿Qué es ese sonido? ¿Quién está serrando algo?” “No, tranqui, es la nueva becaria que esta subiendo las escaleras con sus pantalones campana”.

Si vas a robar a una casa, de noche, no te pongas pantalones campana. Ni de noche ni de día. Si vas a la biblioteca, ni se te ocurra ponértelos. Si vas al hospital ¡ojo! te pueden llamar la atención porque es una zona libre de ruidos
Hace unas semanas, haciendo limpieza en casa de mis padres, encontré unos pantalones campana de la marca Samblancat. Eran lo más. Era a todo lo que podía aspirar como niña pija-de-bien. Poder entrar en unos Samblancat e ir al cole con ellos era como tocar el cielo. Gracias a mi madre, que lo guarda todo, pude volver a ponerme unos Samblancat. Pero no fue lo que recordaba. Asusté a mi perra que dormía plácidamente en su camita cuando desfilé por el pasillo. La imagen era de susto. La imagen y el sonido: una tipa de 1’86 con unos pantalones oscuros muy acampanados caminando con las piernas abiertas y haciendo “frrr… frrr… frrr… frrr… frrr… frrr… frrr… frrr… frrr… frrr…” a cada paso.

Asustan sólo de verlos en la percha.

Por tu propio bien ponte pantalones para ser vista, no oída.

Tú, tú. SÍ, TÚ. ¡SSSHHH!

 

4. ¿Hola? ¿Pies? ¿Dónde estáaaais?

Es muy difícil encontrar la medida exacta de unos pantalones campana: o son muy cortos y pareces un cómic de Popeye, o son muy largos y tus pies desaparecen y le echas una mano BCNeta. Si eres amante de los zapatos, o tienes unos cuantos y quieres lucirlos, olvídate de los pantalones campana, nadie te los verá. Está bien para disimular pies grandes, como los míos. Pero… ¡a la mierda! son los pies que tengo y me han llevado a muchos sitios. Sí, tengo un 43 y no, no los pienso esconder.
Una vez vi a una chica en plaza Universitat que llevaba unos pantalones campana a la que no se le veían los pies. De verdad pensé que se los habían amputado. Luego vi que el pantalón hacía una movimiento extraño en la zona de la espinilla y me dio la impresión de que llevaba los pies al revés: el talón delante y los dedos detrás. Esa noche tuve pesadillas.

Podría estar caminando hacía atrás.

5. Seguridad. Seguridad ante todo.

Y mi quinta razón por la que deberían estar prohibidos los pantalones campana por la Carta Magna del 2020 es por tu propia integridad física y la de los tuyos. En el Articulo 69 debería constar que “se prohibirá el uso de los pantalones campana si es portador de un infante de 0 a 10 años u objetos que, al caer al suelo y romperse, puedan dañar su persona o la de los que tiene a su alrededor”. O algo así. Porque si yo llevo a mi hermoso sobrino de 17 kilos en mis brazos y – Dios quiera que no… bueno… qué Dios ni que historias, yo no llevo pantalones campana – me tropiezo con mi propio pantalón, el niño me sale volando y yo me quedo tendida en el asfalto, como una gilipollas, y mi medio-hijo se disloca un brazo, yo quedo como una persona impresentable, un despojo, un peligro para lo sociedad con orden de búsqueda y captura.

Esta imagen debería estar prohibida en Internet por incitar y motivar a conductas peligrosas y de alto riesgo.

En la próxima comida familiar de domingo, o estas Navidades, ni se te ocurre salir de la cocina con la bandeja del pavo o la olla con galets y tus nuevos hiper-flare-jeans. No lo hagas o te convertirás en la estúpida de la familia, en esa historia tremendamente graciosa que pasa de generación en generación y que, cuanto tengas 84 años y estés medio sorda, recordarán como el momento de los “galets voladores y las quemaduras de tercer grado”. Y entonces te acordarás de mí.

Te lo dije.

 

APÉNDICE para la la Prohibición de Pantalones Campana en la Constitución: Peto-pantalón-campana.

A mediados de los 90, cuando volvieron los pantalones campana por primera vez después de los años 60-70, la reinvención trajo consigo ciertos cambios sustanciales: tejidos elásticos, diseños tribales, cuerdas, cremalleras, estampados… y una fusión, un mestizaje, una mutación llegada del espacio: el peto-pantalón-campana. Parece que esta deformidad genética del pantalón campana quiere volver ahora, en 2016.

Esto es el apocalipsis.

Por el bien de vuestro timeline de Facebook, no lo hagáis. De verdad. Hay vida más allá, hay solución para todo, y siempre hay luz al final del túnel.

 

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De pornografía y adolescentes.

Salir del armario tiene su intríngulis. Desde aquí animo a todos aquellos que se lo estén pensando a que salgan ya. Se está muy bien fuera, hay más sitio para estirar las piernas y es más fácil ordenar la ropa desde el otro lado que desde dentro. Ahora bien, si hablamos de salir del armario en cuanto a la televisión es otra cosa.

Y como hoy me siento algo pantojil vengo a confesar que veo pornografía. Porno del duro. De ese que no puedo evitar abrir la boca y los orificios nasales para que me metan hasta el duodeno todo lo que están viendo mis ojos . Lo reconozco: me gusta “Man v Food“, o como reza la horrible traducción, “Crónicas carnívoras” (de lunes a jueves en Energy de 20:35 a 21:35).

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Mi amiga Mari y yo nos creamos hace tiempo un hashtag ultrasecreto: #cancioneschorrasquenosdavergüenzareconocerquenosgustan (traducción para los analógicos: “Canciones chorras que nos da vergüenza reconocer que nos gustan”). Evidentemente no os voy a facilitar el título ni el autor de ninguna de ellas, sino os tendría que matar a hachazos con mi iPhone 6. De vez en cuando nos mandamos unos links de Youtube y lo acompañamos con el hashtag. Nos contestamos con unos: “YA TIAAAA ME ENCANTAAAAAA, ¡ME LO PONGO PARA EL GYM!” y ahí se queda. Es nuestro secreto, nuestra intimidad musical. Porque, a fin de cuentas, la música te la embutes en el tímpano y nadie más te la escucha.

Pero la tele es otra cosa. Es uno de los TOP 5 temas de conversación junto a cotilleos de famosos, cotilleos familiares, cotilleos de amigos y cotilleos laborales, por lo que también es una manera de conocer a tus amigos y saber qué cantidad de telebasura se tragan. Siempre hay alguno del grupo que suelta algo de que Aritz de Gran Hermano 16 es muy mono y, de pronto, otro/a se descubre poniendo ojitos y diciendo: “siiii, es más cuqui”. ¡Zasca, te pillé!

Tranqui, tranqui, te perdono porque yo veo porno, ¿y qué? Tu ves como unas chonis del calibre de la Pelopony se pelean entre ellas por una cita con Labrador (no, no es una raza de perro. Y sí, así es como se hace llamar), el pseudomacho alfa del plató que las tiene a todas locas pero que, como todos los guionistas del programa saben, se ha zumbado hasta el técnico de luces.

Y todo esto viene porque hará un año que le pusieron una multa a mi programa pornográfico preferido. Y lo denomino pornográfico porque según la Comisión Nacional de los Mercados y de la Competencia (a partir de ahora La Comisión) “Man v Food”  no se emite con la calificación por edad adecuada (apto para menores de 7 años) y, por ello, le han puesto una multa de 130.000 euros y puede que dejen de emitirlo. Seguí leyendo la noticia, pensando que el mundo se había vuelto más loco, y ¡sí, el mundo se ha vuelto absolutamente majara! Dice La Comisión que el cartel de “no apto para menores de 7 años” no es suficiente “pese a su contenido”. Os lo vuelvo a repetir por si no lo habéis leído bien o estáis leyendo en diagonal y no os empanáis de lo que acabo de escribir: “no apto para menores de 7 años” no es una clasificación suficiente “pese a su contenido”. Y, si me permitís sacar mi lado periodísticosabeloto, aquí tenéis las justificaciones literales de La Comisión: “en escenas, en las que a veces aparecen menores, se produce la presentación del consumo de comida de tal manera que puede ser perjudicial para la salud, por ser susceptible de crear conductas imitativas o por incitar a pautas de comportamiento no adecuadas para adolescentes. Y ello tanto por la forma y estética de la presentación, como por la cantidad de comida con un alto nivel de calorías que se ingiere en cada programa”. Ojo: “escenas en las que a veces aparecen menores”. Estoy rozando la pornografía infantil. Ay de mí.

Yo todavía era muy pequeña, pero recuerdo perfectamente al Monstruo de las Galletas. Ese ser peludo y azul no sólo devoraba sus galletas, sino que se volvía loco cuando alguien las mencionaba. El Monstruo de las Galletas estaría prohibido en el 2015. La gula es un pecado. Siglo XXI y la gula es un puto pecado. Yo veo pornografía alimentaria. O alimenticia. Tengo unos pocos más de 7 años y cuando veo este programa me entran unas ganas tremendas de desencajarme la mandíbula e introducirme hamburguesas de 7 pisos, bocadillos con 9 capas diferentes de carnes bañadas en salsa con grasa, mucha grasa, y tropezones de chocolate rellenos de fritangas rebozadas con pan de pizza de 40 centímetros de diámetro, servidas en copas de metal que pesan 20 kilos y con una bandeja con french fries hasta arriba aderezadas con ketchup, mostaza, chimichurri, queso deshecho, salsa barbacoa, pesto y chantilly de nata montada. Es oír esa campanilla tan característica y me humedezco toda.

Ahora mismo estoy teniendo un orgasmo.

Si tenéis hermanos, hermanos de amigos, sobrinos, o cualquier otra persona adolescente a vuestro alrededor, preguntadle si ven “Crónicas carnívoras“. No os molestéis en sacar el Whatsapp, ya os facilito yo la respuesta: NO. Ahora preguntadle a esos chavales y chavalas con granos y aparatos si ven “Mujeres Hombres y Viceversa” o “Gran Hermano“. Respuesta: SÍ.

No estoy diciendo que estos programas sean perjudiciales para los adolescentes. Nooo que va, estos programas no “son susceptibles de crear conductas imitativas o por incitar a pautas de comportamiento no adecuadas para adolescentes” ¡O a todos nos sancionan o la puta al río! ¡Lo que estoy diciendo es que me dejéis ver en paz mi pornografía, joder! Porque vosotros, sí, tú, que estás enganchado a las frases que suelta Amanda de GH16, y al pedazo de culebrón que se ha montado con Tracy y Perla, no tienes nada que temer. Tu vicio está a salvo. Porque estás aceptado socialmente, porque las pestañas postizas, las extensiones, las tetas, los gritos, los “tetes” y levantar la mano a alguien en pleno primer time es algo apto para menos de 7 años. Pero meterse unas alitas de pollo con salsa del diablo y llorar al mismo tiempo que su presentador, sentir el dolor agrio y potente al fondo del paladar, poner los ojos en blanco y arrancar de cuajo el apoyabrazos del sofá no está bien visto. No, no está bien visto. Porque si vosotros tenéis vuestra pornografía en varios canales a diferentes horarios, yo sólo me puedo contentar con un canal y un sólo horario. Y encima está en peligro de extinción por culpa de lo que puedan entender los adolescentes.

Swaggers y canis chupando wifi. Ellos son los culpables. 

La Comisión se preocupa mucho por los adolescentes, por su salud, por las imágenes que la televisión muestra, qué futuro tenemos para la sociedad, estos programas no son las adecuados y un largo y somnoliento bla bla bla bla. Da igual qué les demos a los adolescentes, ¡por favor!, pero si ya los tenemos perdidos para siempre. Estos géisers de hormonas ya no son capaces ni de controlarse cuando el examinador de Tráfico les dice que han suspendido el práctico de coche (sí, esto es real y está pasando aquí mismo). ¿Cómo va a afectarles que califiquéis mi pornografía para mayores de 18 años? A estos volcanes de sebo se las trae muy floja, ellos prefieren ir al segundo piso de La Maquinista para chupar wifi gratis y conseguir “me gusta” subiendo a Instagram sus peleas. Como decía Eduard Punset: “las neuronas están fritas”.

Desde aquí hago un llamamiento a todos los consumidores de pornografía. Sí, a ti también pajillero, porque aunque Gran Hermano sea apto para menores de 7 años, lo tuyo también tiene tela. Es basura, y lo sabes. Tú también consumes pornografía televisiva y puede que tus dosis peligren en algún momento (muy muy lejano, pero peligrarán). Unámonos. Porque la unión hace la fuerza y porque estos malditos adolescentes sin solución nos están quitando nuestros placeres de adulto.

Telebasuraylosabes

Vamos a hacer una cosa, hagamos que esta unión sea totalmente anónima. Seamos los Anonymous de la pornografía televisiva. ¿Porqué anónima? Porque no todo el mundo ha salido del armario, televisivamente hablando. Me da igual que no reconozcas que ves Supervivientes. Me la trae al pairo, allá tú, más cosas que te pierdes por no compartir con otros dementes porqué se desmayó Chabelita en la playa. Lo que me importa es que te unas. No te obligo a que salgas del armario, pero por favor hagamos algo todos juntos para proteger lo que es nuestro, todo aquello que nos ha pertenecido durante estos años: nuestra pornografía televisiva para adultos.

Únete.

Me pregunto si se podrá hacer una acción anónima en Change.org contra los adolescentes de este país…

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De ostras y medias tupidas

Y de pronto, como quien no quiere la cosa, The Guardian publica un articulo titulado así: “When is it socially acceptable to wear black tights?“. Es decir: ¿Cuándo es socialmente aceptable ponerse medias negras?

(No me patrocina Filodoro)

Jess Cartner-Morley, su autora, empieza respondiendo a la pregunta: “sólo en aquellos meses en los que haya una R”.

Y como aficionada gastronómica que soy, esta respuesta me recuerda a las ostras. Sí, esos moluscos bivalvos tan suculentos y (supuestamente) afrodisíacos que sorbemos haciendo ruido, porque así es como se come mejor una ostra, haciendo ruido. No te tomes una ostra en agosto. Vamos, yo no te lo recomiendo porque una vez mi hermana se comió 23 y acabó implorando por su vida en el lujoso baño del Royal Monceau de París.

Pues lo mismo con las medias. Ni se te ocurra ponerte unas medias tupidas del Tezenis en Julio o sufrirás lo que comúnmente se conoce como “el-corte-de-digestión-de-las-medias”. Y no, no es cuando la goma de las medias te aprieta tan fuerte por encima del ombligo que la primera copa de la noche se queda allí atascada. No, no, esto es más grave, es cuando, por arte de magia, te embutes en esas medias y sales a la calle. Y el caloret faller se te mete por los piés, te sube por los gemelos, las rodillas, el interior de las pantorrillas, el chichi, el ombligo y acaba explotando en forma de un Alien con cara de Anna Wintour justo en el centro de tu cerebro.

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“Pero qué frío hace, tía. No siento las piernas. Noto pinchazos en los muslos. Y está nevando. ¡Qué fuerte tía!”

E aquí la estupidez humana. Y así es como empieza “De lo humano y lo divino“, un blog más sobre lo que nos preocupa en el primer mundo y lo que nos debería preocupar del cuarto mundo. Así que sigamos con las (es)tupidas medias negras, porque este tema me provoca acidez matutina.

Cartner-Morley, la autora del articulo que nos atañe, explica algo así como una fórmula matemática, un Bosón de Higgs de las medias negras, donde el uso de esta prenda es inversamente proporcional al nivel de famosismo que poseas. Es decir, cuanto más famosa seas, menos probabilidad tienes de llevar medias. La cosa tiene su sentido: las famosas llegan en su coche/taxi con la calefacción puesta, bajan, posan 67 segundos ante los fotógrafos que tienen el moquillo colgando, se les congela tanto la sonrisa que ni sonríen, dan unos saltitos a lo Bambi en sus tacones hasta la puerta, y respiran aliviadas al entrar en el recinto. Aquí la fórmula cumple cierta lógica. Pero ¿qué pasa con esas chiquillas que no tienen invitación preferente, que llevan dos horas haciendo cola y que morirían gangrenadas sólo por hacerse un selfie con el logo de DIOR o VERSACE o BALMAIN a sus espaldas? Pues pasa lo que todos nos imaginamos: que ese frío les sube por los piés, recorre sus gemelos, sus rodillas, el chichi y se instaura en su cerebro. Y allí se queda. Para siempre jamás. Porque cuando una de esas “fashionistas” se queda horas al aire libre en temperaturas bajo cero sin medias ya sabemos que no hay solución. Ya no hay vuelta atrás. Ya sabemos que la estupidez humana existe y que nos rodea y que es más fuerte de lo que nos podemos imaginar. Que está en todas partes y se disfraza de muchas maneras. Porque hasta la persona más cuerda que podamos conocer, o la más cultureta, puede sucumbir a la (es)tupidez humana. Le puede pasar a cualquiera, hasta a ti. Sí, a ti te ha pasado. Piénsalo: alguna vez has hecho algo que, durante pero sobretodo después, has sentido esa sensación de vacío personal y te hayas planteado la reveladora pregunta de: “¿pero qué cojones estás haciendo?” Así, en segunda persona del singular, no en primera persona: es tu Yo no-estúpido el que le pregunta a tu Yo estúpido.

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Este es un proceso natural de resolver la estupidez humana: hago una gilipollez – estoy en ella – sigo en ella – me jode estar en ella pero sigo haciéndolo – de pronto se abre el cielo y hago un viaje astral y me veo desde arriba y me doy cuenta de lo gilipollas que soy – me planteo la pregunta – vuelvo a mi cuerpo y salgo de la situación en la que estoy o, al menos, la reconozco en público. Lo dramático, lo alarmante, son esas jóvenes, y no tan jóvenes, que siguen allí depié con sus carnes congeladas. Y siguen, y siguen, y siguen. Y no hacen ese viaje astral y no se plantean la pregunta.

Porque La Pregunta nos puede salvar, pero hacerse esa reflexión requiere de cierta ironía con uno mismo, necesitamos tomarnos más con humor y menos en serio.

Hace mucho tiempo leí, no sé dónde, que “la moda no hay que tomársela en serio“. Lo digo y lo volveré a decir, porque la moda, esta moda, la de ahora, nos está volviendo estúpidos y completamente lelos. Y sí, me incluyo, porque vivo en el planeta Tierra y, por desgracia, todavía no he podido empadronarme en Marte.

Los que mueven las cuerdas de la moda, al menos de la norteamericana, esos diseñadores, periodistas, “gurús”, famosos y farándula brilli-brilli, se reúnen en un búnker bajo la 5th Avenue los martes por la noche. Se toman unos güiskazos y, a patadas limpias como hacía Chaplin con el globo, urdan su plan para instaurar normas como desterrar las medias tupidas de nuestros armarios y cajones. Normas ultrasecretas dictadas por un pseudo Club Bilderberg capitaneado por una Wintour cabreadísima, un Leon Talley muy “malfollao”, un Jacobs con almorranas, una Menkes en plena operación bikini y un Lagerfeld flatulento.

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¿Hemos perdido el oremos? Sí. Coge un libro de historia de la moda, o tecléalo en Google. Los estilos van y vienen. Dependiendo de la bonanza vienen las largas o las minifaldas. ¿Crisis? Volvamos a los 50, mostremos opulencia, y vistamos nuestros labios de rojo. Pero ya han pasado unos años de la crisis mundial y parece que algo se enquista en el alma, como cuando un amigo se va. Ya nada nos satisface, ya nada nos puede recordar lo mucho que hemos sido, así que todo está permitido. Es la época de la no-moda. “¡Vuelven los aires folk!”. “¡Vuelven los 90s!”. “¡Vuelven los flecos!”. “¡Vuelve el color mostaza!”. “¡Vuelve la triquinosis colectiva!”.

Embolia psicotrópico-fashionista.

Ya no sabemos a qué atenernos, ya no sabemos a qué agarrarnos, hemos perdido la guía, el patrón. Pero aquí está el escuadrón de la muerte fashonista para dictar reglas sin medidas. Y sin medias. Y algunos se las tragan hasta que les dan arcadas, pero aún así siguen tragando, utilizando el estómago. Utiliza la cabeza. Pregúntate: “¿pero qué cojones estás haciendo?” . En segunda persona del singular, recuerda.

Es lógico pensar que no es recomendable comer ostras en los meses que no llevan R, porque las altas temperatura afectan a las bacterias, y las bacterias pueden convertir una ostra en algo muy chungo. Es lógico pensar que no nos pondremos medias tupidas en Agosto, si vivimos cerca del ecuador. E incluso tiene su lógica si: eres una famosa de tres al cuarto y Chanel te presta un traje con una raja como la de Angelina Jolie, has estado haciendo sentadillas cósmicas los últimos tres meses y coincide que la semana de la moda de Nueva York es en uno de los Octubres más gélidos, pero aún así tú decides ir sin medias porque tienes un chófer que te viene a buscar a la puta puerta de tu casa y te deja a la puta puerta del desfile. Lo que no tiene lógica es que, por norma, se plantee en un medio como The Guardian la pregunta de “¿Cuándo está socialmente aceptado ponerse medias negras?”  Y aquí es cuando mi mente explota.

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Creo que voy a tomarme unas ostras y a lavar mis medias tupidas, mañana va a hacer 16 grados en Barcelona y me apetece ponérmelas.

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