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De pantalones campana y la reforma de la Constitución

Me hace gracia todo esos artículos de egobloggers de moda y posts de Facebook que dicen: “¡VUELVE EL BOHO CHIC! ¡VUELVEN LOS CROP TOPS! ¡VUELVE EL SAFARI URBANO!”. Así escrito, en mayúsculas, con exclamaciones. Casi como un grito desesperado, expulsando perdigones de babita como los chiquillos que gritaban en los años 40 “¡EXTRA EXTRA!” con el diario en la mano porque se acababa de anunciar la Segunda Guerra Mundial. Te lo dejan bien claro para que lo tengas presente durante todo el día y así tu cortex prefrontal vaya trabajando en cómo incorporar los flecos y el marsala a tu absoluto y desgraciado demodé armario.

Señoras y señores, esto se llama “fast fashion” y hemos sido invadidos por él. Y no hay escapatoria. Es lo que nos toca ahora resultado de una sociedad de consumo que ha desembocado en una sociedad del “ahora”. Es como cuando viene tu jefe, si lo tenéis, y os dice: “Gertrudis, necesitamos, para ya, una presentación de PowerPoint de este cliente”. Y te mira como el enano gruñón. Y tu le preguntas inocentemente: “¿Para… cuándo?”. Y él dice muy rojo y lanzando humo por las orejas: “¡PARA AYER!. Ahí mismo. Justo ahí. Inmediatez contra calidad. Resultados, da igual cómo, frente a un trabajo bien hecho. Ese es el sentido de la moda mainstream de nuestro tiempo, una moda “para ayer” donde gana la rapidez, a veces la mediocridad y muchas veces el sinsentido. No vayas a Stradivarius a “sólo ver”. Porque lo que “veas” la semana que viene no estará. Y tu armario se habrá quedado out of service en un abrir y cerrar de ojos. Podéis ir a contracorriente y utilizar la cabeza: para qué me voy a comprar ese jersey con esos unicornios tan monos si tengo un jersey con unos ositos tan monos. Es un poco duro ir a contracorriente. Pero tremendamente gratificante para el bolsillo y el alma. Sí, me pongo trascendental.

Anyway, volviendo a las tendencias que vienen y van, porque todo va y viene, hay una que lleva un año haciendo un ruidito especial. Un repique muy familiar para todos: abuelos, padres y madres, y nosotros mismos, treintañeros de pro, generación Y, mileuristas o millenais, como cojones queráis. Así es, según varios blogs de moda, revistas de moda, Twitters de moda, Facebooks de moda, Instagrams de moda y grupos de Whatsapps de moda: ¡VUELVEN LOS PANTALONES CAMPANA!

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¡NOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOO!

Los pantalones súper campana deberían estar prohibidos por ley. Debería constar en la próxima reforma Constitucional un apéndice que establezca que los pantalones campana y/o de pata de elefante “estarán prohibidos para uso público, relegando su uso al doméstico bajo la responsabilidad de su portador”. O algo así. ¿Porqué? Aquí tenéis mis 5 razones por las que los pantalones campana deberían estar prohibidos y reglados por el código penal.

1. ¿Eres marinero/a? ¿No? Pues qué estás haciendo.

El origen de los pantalones campana se remonta la cubierta de los barcos en plenos siglo XIX. Los marineros utilizaban esta prenda con tres propósitos muy prácticos: eran rápidos de quitar con las botas puestas, eran fáciles de arremangar y el aire dentro de la campana les salvaba de un ahogamiento si caían al agua.
A no ser que hayas tenido una diarrea histórica y te hayas cagado encima y tengas que cambiarte, rápidamente, de pantalones, entonces vale. Tienes excusa.

O, si eres una actriz porno, o actor porno, y tienes que hacer un primer plano urgente de tus partes bajas, entonces también vale. Pero ya está. No hay más excepciones en esta norma.

2. Eres una persona humana, no una persona-animal-mitológica.

Como humano tienes dos piernas. Una al lado de la otra, junticas. Al final tienes unos pies, unos los tienen más grandes y otros más pequeños, pero ahí están para darte una base. No necesitas más perímetro para ampliar tus cimientos. No quieras parecerte a un caballo percherón, ni al Fauno, ni a un centauro. Eres un humano, homo sapiens sapiens.

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Dos humanas queriendo ser percherones.

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A la izquierda una centaura de verdad de los cuatro pies a la cabeza. A la derecha las pezuñas de una persona humana .

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Persona humana queriendo ser el Fauno.

 

3. “¿Qué es ese sonido? ¿Quién está serrando algo?” “No, tranqui, es la nueva becaria que esta subiendo las escaleras con sus pantalones campana”.

Si vas a robar a una casa, de noche, no te pongas pantalones campana. Ni de noche ni de día. Si vas a la biblioteca, ni se te ocurra ponértelos. Si vas al hospital ¡ojo! te pueden llamar la atención porque es una zona libre de ruidos
Hace unas semanas, haciendo limpieza en casa de mis padres, encontré unos pantalones campana de la marca Samblancat. Eran lo más. Era a todo lo que podía aspirar como niña pija-de-bien. Poder entrar en unos Samblancat e ir al cole con ellos era como tocar el cielo. Gracias a mi madre, que lo guarda todo, pude volver a ponerme unos Samblancat. Pero no fue lo que recordaba. Asusté a mi perra que dormía plácidamente en su camita cuando desfilé por el pasillo. La imagen era de susto. La imagen y el sonido: una tipa de 1’86 con unos pantalones oscuros muy acampanados caminando con las piernas abiertas y haciendo “frrr… frrr… frrr… frrr… frrr… frrr… frrr… frrr… frrr… frrr…” a cada paso.

Asustan sólo de verlos en la percha.

Por tu propio bien ponte pantalones para ser vista, no oída.

Tú, tú. SÍ, TÚ. ¡SSSHHH!

 

4. ¿Hola? ¿Pies? ¿Dónde estáaaais?

Es muy difícil encontrar la medida exacta de unos pantalones campana: o son muy cortos y pareces un cómic de Popeye, o son muy largos y tus pies desaparecen y le echas una mano BCNeta. Si eres amante de los zapatos, o tienes unos cuantos y quieres lucirlos, olvídate de los pantalones campana, nadie te los verá. Está bien para disimular pies grandes, como los míos. Pero… ¡a la mierda! son los pies que tengo y me han llevado a muchos sitios. Sí, tengo un 43 y no, no los pienso esconder.
Una vez vi a una chica en plaza Universitat que llevaba unos pantalones campana a la que no se le veían los pies. De verdad pensé que se los habían amputado. Luego vi que el pantalón hacía una movimiento extraño en la zona de la espinilla y me dio la impresión de que llevaba los pies al revés: el talón delante y los dedos detrás. Esa noche tuve pesadillas.

Podría estar caminando hacía atrás.

5. Seguridad. Seguridad ante todo.

Y mi quinta razón por la que deberían estar prohibidos los pantalones campana por la Carta Magna del 2020 es por tu propia integridad física y la de los tuyos. En el Articulo 69 debería constar que “se prohibirá el uso de los pantalones campana si es portador de un infante de 0 a 10 años u objetos que, al caer al suelo y romperse, puedan dañar su persona o la de los que tiene a su alrededor”. O algo así. Porque si yo llevo a mi hermoso sobrino de 17 kilos en mis brazos y – Dios quiera que no… bueno… qué Dios ni que historias, yo no llevo pantalones campana – me tropiezo con mi propio pantalón, el niño me sale volando y yo me quedo tendida en el asfalto, como una gilipollas, y mi medio-hijo se disloca un brazo, yo quedo como una persona impresentable, un despojo, un peligro para lo sociedad con orden de búsqueda y captura.

Esta imagen debería estar prohibida en Internet por incitar y motivar a conductas peligrosas y de alto riesgo.

En la próxima comida familiar de domingo, o estas Navidades, ni se te ocurre salir de la cocina con la bandeja del pavo o la olla con galets y tus nuevos hiper-flare-jeans. No lo hagas o te convertirás en la estúpida de la familia, en esa historia tremendamente graciosa que pasa de generación en generación y que, cuanto tengas 84 años y estés medio sorda, recordarán como el momento de los “galets voladores y las quemaduras de tercer grado”. Y entonces te acordarás de mí.

Te lo dije.

 

APÉNDICE para la la Prohibición de Pantalones Campana en la Constitución: Peto-pantalón-campana.

A mediados de los 90, cuando volvieron los pantalones campana por primera vez después de los años 60-70, la reinvención trajo consigo ciertos cambios sustanciales: tejidos elásticos, diseños tribales, cuerdas, cremalleras, estampados… y una fusión, un mestizaje, una mutación llegada del espacio: el peto-pantalón-campana. Parece que esta deformidad genética del pantalón campana quiere volver ahora, en 2016.

Esto es el apocalipsis.

Por el bien de vuestro timeline de Facebook, no lo hagáis. De verdad. Hay vida más allá, hay solución para todo, y siempre hay luz al final del túnel.

 

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De Japón a Barcelona

Me fascinan un poco los japoneses. No es que me obsesionen, pero en una ciudad como Barcelona es fácil fijarse en ellos y son siempre el prototipo de turista que más me llama la atención. Me gusta verlos en el metro, arremolinándose en silencio, paseando por las calles de Barcelona, comprando en las tiendas, leyendo atentamente el menú de un restaurante, hablando entre ellos delante de La Pedrera… Es una mezcla entre, evidentemente, sus rasgos, y esa languidez oriental. La piel tan clara, la extrema timidez. El lujo sin ser expuesto. El estilo extraño. La delicadeza. Y, sobretodo, el absoluto respeto y fascinación que tienen sobre Barcelona. Nosotros vivimos aquí y no nos damos cuenta, pero la gente, ahí fuera, está loca por nuestra ciudad. Se compran guías de todo tipo, leen libros y contratan rutas exclusivas para conocer nuestra urbe. Y los que más saben exprimir la ciudad, turísticamente hablando, son los japos. El otro día pasé unas horas en Paseo de Gracia haciendo fotos y estos son unos algunos de los japos que nos visitaron esta semana.

Arigato. 

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De pestes y entrevistas de trabajo

Estoy sin trabajo. Así es, yo soy una de esas 4.067.955 personas. Llevo ya una temporada parada aunque alguna que otra entrevista ha caído. Unas han funcionado, otras no. Bueno, en verdad, ninguna ha funcionado porque aquí estoy: 5 de la tarde de un miércoles en mi casa con la lavadora recién tendida y la ropa del armario ordenada por colores. Todo está impoluto. “No trabajes, porfi”, me dice mi mujer, “todo está tan limpito y tu estás tan cuqui”, añade. Claro que estoy cuqui, creo que mi malalechismo lo estoy canalizando en una especie de TOC edulcorado a base de ordenar pendientes, limpiar motitas de los tenedores, encender velas y doblar braguitas. El resto del cabreo lo descargo en este lugar, así que ya le diré a mi mujer que os dé las gracias por aguantarme, estáis ayudando al bienestar de nuestra relación.

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Os estoy muy agradecida.

En la vida hay cosas que, con un solo vistazo, ya sabes que apestan. Las ves venir. Son esas cosas/personas/situaciones que de entrada huelen mal. Tu Yo-avisa-pestes envía a tu Yo-real pequeños impulsos neuronales para que los pilles a tiempo y evitarte situaciones apestosas. Pero muchas veces ya es demasiado tarde y estás metido con la mierda hasta el cuello. Pongamos por ejemplo que vas a El Corte Inglés a comprar unas medias negras tupidas (venga va, que sé que os gustan). De entrada tu cerebro ya te ha mandado unos cuantos avisos cuando tus ojos han visto el enorme triángulo verde, pero tú ni te has dado cuenta. Tu Yo-avisa-pestes ya te ha dicho que algo huele mal porque todo el mundo sabe que sólo se va a El Corte Inglés para comprar un regalo a alguien o para ir de compras con tu madre. Llegas a la sección de las medias y las fajas. Vas al pasillo de las medias negras y no hay manera de encontrar una talla que no sea la triple X. Miras a tu al rededor con unas medias que te gustan en la mano en busca de una dependienta. Tu cerebro ya te ha bombardeado con mil avisos, pero tu sigues en tus trece con que quieres comparte unas medias tupidas en El Corte Inglés. Das varias vueltas por los pasillos buscando a una dependienta. Nada. Miras por encima de los mostradores. Nada. Y nadie. Esto está más desierto que la sección de música del FNAC. Giras en la esquina de los guantes y los gorros de poliéster y de pronto las ves. Ahí están. Todas las dependientas juntas, inclinadas, con los pechos desparramados en el mostrador, encima de la caja, encima de la grapadora. Están hablando, cuchicheando muy juntitas, rozándose los cabellos llenos de laca, como cuervos devorando un cadáver en medio de la sabana africana. En este preciso instante, mientras se balancean las medias negras en tu mano, tu las miras pero te sientes incómoda. Es como un accidente: sabes que no debes mirar pero lo haces. Te quedas tres segundos mirándolas, sin moverte. Y entonces tu cerebro te lanza una bomba hiperatómica en forma de mini-cabreo. Tu yugular bombea y tu ojo derecho tintinea por la presión de la sangre que empieza a acumularse en la cabeza. Ya está, ya lo sabes, esto va a acabar mal. Esto apesta. Pero ahí sigues, andando a paso firme hacia las carroñeras. Una de ellas te mira, te aguanta la mirada dos segundos, ni se incorpora y vuelve a sus compañeras, luego te vuelve a mirar, vuelve a sus compañeras. Tú. Compañeras… Tú… Compañeras. Y finalmente tu. Lo ha pillado.

Hola, señora, ¿tiene mi talla?

Se acerca la que debe llevar poco tiempo como dependienta, unos 173 años. Le dices, con amabilidad tensa, que quieres estas medias en una talla más pequeña. Ella se coloca las microgafas que cuelgan de la cadena verdosa encima de la punta de la nariz. Mira el código de barras, lo escanea con sus ojos de rayos X, y te mira por encima de las microlentes para decirte que no hay tu talla. Tu cerebro explota y dejas las paredes de El Corte Inglés con pedazos de tu hipotálamo y hueso craneoencefálico. “Te lo dije, esto apestaba”, dice tu Yo-avisa-pestes. Te vas de allí con un cabreo de la hostia y sin medias.

Las cosas/personas/situaciones apestosas pueden venir disfrazadas. Esas son las peores. Son las que te han engatusado para bajarte las bragas hasta los tobillos y, tras descubrirse, metértela a pelo, desflorando tu inocencia y corrompiendo toda imagen que tenías de que el mundo es un lugar bello donde todo funciona correctamente. Mentira.

Hace poco fui a una entrevista de trabajo. Una de las, supuestamente, serias. Una consultoría especializada en perfiles digitales buscaba a una creadora de contenido que les llevase las redes sociales. Es la primera vez que me llaman de una oferta aplicada por una web de trabajo. Así que tenía 24 horas para prepararme. ¿Prepararme el qué? Por si acaso voy a mi perfil de LinkedIn, una página preciosa que la miro y la miro cada día y a la que le enciendo velas, a ver si pasa algo. Repaso mis últimos trabajos. Por Dios, como si no supiese ya qué he hecho estos últimos 5 años… Me plancho una camisa blanca. El pantalón negro. Las bragas. El sujetador. El pelo. Lo dejo todo liso y en su sitio. Duermo repasando mentalmente la oferta de trabajo: creadora de contenido, empresa digital. “Son una consultoría, son serios”, me digo a mí misma. Al día siguiente me lavo hasta detrás de las orejas. Y a las 15:58 hora zulú central me presento. Apretón de manos, sonrisa. La entrevistadora es una chica mayor que yo con una sombra de ojos que me hace sospechar. Sí, yo me fijo en estas cosas. Es de color turquesa intenso. Pero no es sombra, es lápiz. Ha cogido directamente el lápiz de color turquesa y se lo ha restregado por el párpado y se ha formado un pegote. Sospecha. Primer impulso electroneuronal de mi Yo-avisa-pestes. Mientras me vuelve a explicar la oferta observo su maquillaje en general, su pelo, la chaqueta. Hay algo que no va bien. Labios pintados a pegotes, comisuras resquebrajadas, pelo grasiento, mechones descolocados, coleta caída, mangas extremadamente largas. No para de mirar a su móvil, apagado sobre la mesa. Algo no funciona.

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¿Qué es ese sonido? ¿Qué está pasando?

Mi Yo-avisa-pestes me envía tímidas señales de alerta. Yo sigo ahí. Me pregunta sobre mi experiencia laboral y mi Yo-avisa-pestes me pega un tirón en la pierna. Empiezo mi monólogo laboral, un discurso moldeado a medida que han ido pasando los años y las entrevistas, pero que siempre acaba siendo el mismo: he trabajado, tengo experiencia, molo mucho, contrátame. Hablamos sobre mi perfil digital, una salida profesional que he tenido que aceptar, porque el periodismo está muerto y yo no quiero morir, todavía. Y, de pronto, cuando ya me he desabrochado la camisa y me estoy bajando las bragas, la entrevistadora me dice: “Tres puntos fuertes y tres puntos débiles”. Sus ojos pestañean dos veces y el turquesa me destella dándome dos puñetazos en las cavidades oculares. Mi Yo-avisa-pestes acaba de lanzar una bengala al aire y está emitiendo el mensaje internacional de SOS en morse mental. Esto apesta, y mucho. Si sois entrevistadores y habéis hecho esta pregunta tenéis que saber que sois unos apestosos.

Hola, soy tu entrevistadora apestosa y te acabo de hacer un fisting sin que te hayas dado cuenta.

Definirse en 6 adjetivos, buenos y malos, no es fácil. No es que sea fácil, es que es una auténtica chorrada. Somos una mezcla demasiado compleja como para limitarnos a tres puntos fuertes y tres puntos débiles. Mi psicóloga me dará la razón, lo se. Contestar a esta pregunta es lo mismo que hacer unos de esos apestosos test de Cosmopolitan: “¿Te pasas de amable?”, “¿Cuál es tu personalidad sexual?”, “¿Estás obsesionada contigo misma?” o, mi preferida, “¿Qué celebrity eres cuando sales de fiesta?”. Suma las As, las Bs y las Cs y el resultado es un párrafo apestoso que nada tiene que ver con esa Courtney Cox que te sale de dentro cuando te metes dos Jägermeisters seguidos en el Apolo, o esa mojigata que florece cuando te proponen sexo anal. Todo es mentira. Como esta situación apestosa.

Balbuceo que me gusta el trabajo en equipo. MENTIRA. Digo que soy muy analítica. MENTIRA. Y termino diciendo que siempre estoy proponiendo nuevas ideas para mejorar. Medio-MENTIRA. ¿Tres puntos débiles? Miro la pared que tengo delante, blanca. Blanquísima. Joder, esta pared es muy blanca. Suelto que soy demasiado detallista. Y en medio de mi cerebro me veo a mí misma señalándome con el dedo y soltando una carcajada estrepitosamente apestosa.

Hasta Rafa se ríe de mí.

“Eso no es malo”, me dice madame turquoise con una sonrisa. Y lo intento arreglar diciendo que me cuesta pedir ayuda y acabo haciendo mi trabajo por mi lado. Y mientras lo digo me vuelvo a ver a mí misma en medio de mi cerebro haciendo de caganer. A cuclillas y excretando una boñiga de Arale muy apestosa.

Pedirle a un entrevistado que exprese sus puntos fuerte y puntos débiles está demodé. Si quieres saber, realmente, cómo es una persona ponla en situación, haz un auténtico ejercicio psicológico para ver cómo el psicópata que tienes delante es capaz de desarrollarla. Sí, psicópata, porque preguntarle 3 puntos fuertes y 3 puntos débiles a cualquier persona hoy en día es como entrar en un chat de Terra y decir que tienes 10 años y teclear emoticonos sonrientes y hablar de que tienes unas entradas de Justin Bieber de sobras, cuando en verdad eres un hombre de 46 años, ex-monaguillo, que vives en un bajo que da a la parte trasera de una tienda de pinturas. Así es, todo muy apestoso.

Cosas que cuando las ves de lejos ya sabes que apestan.

A ti, buscador de trabajo, si tienes una entrevista dentro de poco prepárate estas preguntas. Es divertido mirarse a uno de verdad como trabajador y ver en qué eres fuerte y en qué eres débil. Prepárate la introducción, el nudo y el desenlace. Ponte delante del espejo y practica. Si quieres añádele unos toques de humor. Siempre funciona. Y suerte.

A ti, entrevistador apestoso, que vas a entrevistar a alguien en breve, ahórrate esta pregunta, rata-de-dos-patas. Porque las respuestas que vas a tener son más falsas y preparadas que el trasero de Kim Kardashian. Si quieres autenticidad, si, de verdad, quieres saber cómo es la persona que tienes delante, si lo que estás buscando es algo más que un simple trabajador que venga a calentar la silla y cumplir este horrible horario ibérico de 9 a 14h y de 16h a 19h, plantéale un reto, una situación. “Estás caminando tranquilamente por el campo y de pronto oyes a alguien que pide auxilio. Te acercas y hay un río con una corriente muy fuerte que os separa. ¿Qué haces y cómo lo haces?”. ¡BUM! La respuesta a esta situación te dirá muchísimo más que 6 adjetivos, buenos y malos.

Al final la oferta de trabajo no era lo que esperaba. Tras dos horas y media con el cliente final resulta que el tipo era un explotador en cubierta y me exigían desde la consultoría que para poder trabajar con ellos debía darme de alta de autónomos. Tócate un pié. Así que todo apestaba desde un buen principio, pero mi Yo-real estaba tan ilusionado con una entrevista “seria” que no le hice caso a mi Yo-avisa-pestes y ha pasado lo que ya me venía diciendo: te vas a pasar dos días sin ducharte sumida en una depresión de la hostia por culpa de una mierda de entrevista. Ok, vale, mensaje captado. Me voy a la ducha, que apesto.

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